La llave de los espejos

Solamente cuando le dije que Pushkin era uno de mis escritores favoritos, José Antonio me perdonó que fuera serrano. Esta antipatía la llevaba tatuada en el pecho desde niño y por más que intentaba, no conseguía acabar con ella. De todas formas, la admiración por el poeta ruso nos acercó de tal manera que el resto de la entrevista fluyó con facilidad.

Era impresionante, aquel periodista de ochenta y nueve años era dueño de una memoria envidiable, que le permitía relatar con fidelidad, lucidez y sentido del humor el interminable conjunto de anécdotas que había recolectado durante su vida.

— … El único viaje que realice fuera del país fue a mis diecisiete años, poco antes de que estallara la Guerra Civil Española. Me embarqué como grumete en un buque francés que partía hacia Japón; hubiera permanecido allí de buen grado para castigar a mi madre, que impidió que contrajera matrimonio con mi prima – lanzó una bocanada de humo y se rió socarronamente –, pero, a la larga, tuve que regresar; aquel lugar era demasiado diferente, yo extrañaba el Guayas, las haciendas de mis amigos montubios, el cacao…

— Fuera de Japón, ¿visitó otros países?

— ¡Muchos! Y en cada uno, aprendí cosas extraordinarias.

Sonreí. Los ojos del anciano parecían mirar hacia otro lado, su mente no estaba en esa pequeña casita de Guayaquil sino en el mar o quizás en el monte Fujiyama. Sin darme cuenta habían trascurrido tres horas desde que empezó la entrevista.

— José Antonio, creo que es hora de que me vaya, es muy tarde…

— Es verdad, es verdad – respondió ausente.

Me puse de pie y extendí la mano.

— ¿Se va? – Reaccionó – Espere, tengo que decirle algo.

— ¿De qué se trata?

— Quiero que tenga un recuerdo mío, algo que obtuve en cierto país de Asia – se levantó del sillón y fue a su cuarto.

Me quedé de pie, mirando las paredes casi desnudas. Ni toda su vida, consagrada al periodismo y a las letras, había enriquecido a ese hombre.

— Aquí está – José Antonio reapareció con una llave dorada entre sus manos -, tome, es un regalo muy valioso.

— ¿Una llave, qué abre?

— Cualquier espejo.

— No entiendo.

— Es sencillo, busque uno muy grande, preferiblemente antiguo, luego, use esta llave para abrirlo.

Lo miré con incredulidad, no sabía si bromeaba o había enloquecido.

— Espero verle pronto – concluyó, sin dar más explicaciones.

Tras guardar aquel objeto en el bolsillo, salí de la casa.

Las semanas siguientes estuve muy atareado e, involuntariamente, olvidé aquel episodio hasta que un desconocido me envió un espejo, justo como el que José Antonio había descrito. Pensé que era un jugarreta, mas, era necesario asegurarse.

Fui a buscar el obsequio de mi amigo y caminé hasta el espejo. Mi figura se reflejó, aunque tuve la impresión de que no se trataba de mí, de que aquella imagen pertenecía a alguien diferente. Jugueteé con la llave un poco y, finalmente, la extendí hacia el cristal. A pesar de que, al principio, hubo una leve resistencia, aquél, tras un crujido, se abrió.

Mis ojos no daban crédito a lo que estaba ocurriendo.

Al otro lado del espejo, se hallaba un cuarto, sumido en las tinieblas, aunque de ambiente cálido, opresivo. Entré y me puse a caminar con los brazos adelante, por miedo a tropezar; no había llegado a dar diez pasos cuando un ruido hizo que me detuviera.

— ¿Hay alguien aquí? – interrogué.

Silencio.

— ¿Hay… hay alguien aquí?

No hubo respuesta, sin embargo, un gruñido pavoroso acabó con la calma y enseguida sentí que algo se abalanzaba sobre mí, derribándome sin que pudiera hacer, al menos, un movimiento defensivo. De bruces en el suelo y en medio de la tiniebla, alcancé a ver tres ojos brillantes, que en vez de pupilas poseían diminutos relojes de arena, girando incesantemente. La bestia abrió las fauces y en el instante en que su fétido aliento me anunció sus intenciones, perdí la conciencia.

Desperté nuevamente en mi casa – no estoy seguro cuánto tiempo pasó –, la luz del sol hería mis ojos. Me reincorporé confundido y contemplé mi cuerpo, el único rastro de aquella aventura eran tres desgarros en la parte inferior de mi camiseta. No existían, sin embargo, heridas, llave o espejo.

Llamé a la casa de José Antonio, nadie respondió. Pasaron un par de semanas antes de que lo visitara nuevamente, mas, era muy tarde, había fallecido tras un breve coma diabético, dos días después de la última ocasión en que lo vi.

Su único legado era una nota escrita con letra apretada: “el Tiempo nos devora, José Antonio…

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