Sindicado por robar el viernes

El cuarto era pequeño, opresivo. La única iluminación provenía de un brillante foco que, cual espada de Damocles, colgaba del techo, justo sobre nuestras cabezas; este último, de metal oxidado, escurría una herrumbre repugnante sobre las paredes verdes. Por otra parte, el único mobiliario consistía en una mesa, un cubo de madera y tres sillas. En una de las cuales estaba sentado yo; y, en las otras, dos hombres uniformados.

— ¿Por qué se empeña en hacernos perder el tiempo? ¡Confiese de una vez! – Gritó el de la derecha, un tipo de estatura descomunal.

— Cálmate, cálmate – dijo el otro, dándole una palmadita en el hombro; luego me miró –; no quiero que usted piense que somos unos matones sin escrúpulos, pero si no coopera, no voy a tener otra opción…

— Es que no entiendo por qué… – Balbuceé.

— Usted no tiene que entender nada, no le trajimos para eso, simplemente diga si se robó o no, el día viernes.

— Admito que el viernes me robé un libro del supermercado, pero….

— ¡No, no, no! Se da cuenta, ni siquiera hace un esfuerzo por ayudarnos – dio una chupada de su cigarrillo, exhalando el humo en mi cara –; a nosotros, ¿qué nos puede importar un estúpido libro? Lo acusamos de robarse el día viernes, ¿oyó? ¡El viernes!

— ¡Eso es ridículo! – Exclamé exasperado – ¿quién puede hacer eso?

— ¡Usted! – intervino el soldado enorme.

Bajé la cabeza y me sumí en mis pensamientos. Un corto silencio se hizo en la habitación.

— ¡Tráelo! – Dijo, al fin, el individuo que había conducido el interrogatorio.

El gigantesco militar salió, regresando casi enseguida con un joven semidesnudo, cuyo cuerpo estaba cubierto de heridas, moretones y sangre coagulada.

— Éste, ya no da más – informó.

— Ya veo; habrá que llevarlo a dormir, entonces – hizo una pausa y mirándome con una sonrisa siniestra, dijo –: ése es el único premio que gana un necio; ayúdese.

— Entiendan, señores: yo robé un libro el viernes, ¡nada más!

— No, usted se robo el viernes, completito, las veinticuatro horas exactas.

— ¡No, lo niego!

— Hagamos una cosa: me cae bien, por eso voy a darle una última oportunidad; reflexione, tranquilícese y tome una decisión mientras yo me encargo de poner a dormir a nuestro viejo amigo, ¿qué le parece?

No contesté. Guardia y prisionero salieron.

Transcurridos un par de minutos, el gigante me dijo:

— Eres un idiota si no hablas, el Coronel ha sido muy tolerante contigo – se escuchó un disparo, el militar volteó y se quedó mirando la puerta.

En ese instante me puse de pie y, tras tomar el cubo vacío, le asesté dos poderosos golpes en la cabeza; el militar cayó al suelo inconsciente. Enseguida, aprovechando que la puerta había quedado sin seguro, salí, y, ayudado por la oscuridad, pude evadirme de esa extraña cárcel.

En la calle, mientras corría en busca de un lugar más transitado, me pareció escuchar, a lo lejos, un sonido similar al tableteo de una ametralladora.

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