Mentira de piernas largas

Julio, desde niño, fue un mentiroso. Al principio, engañaba solamente para esconder sus travesuras, pero, con el paso del tiempo, hizo de aquello una costumbre muy agradable.

A los seis años, inventó su primera mentira de grandes proporciones: un amigo imaginario, inspirado por la envidia que sentía hacia un compañero de la escuela, al que la idea se le había ocurrido antes. “Yo puedo tener uno mejor”, se dijo y, en efecto, el resultado fue extraordinario.

A pesar de su poca experiencia, pudo percatarse con facilidad de que toda historia, para ser creíble, debe buscar la perfección incluso en el más pequeño de los detalles. Es así que Miguel, su nuevo camarada, adquirió familia, aficiones, miedos, un acogedor departamento con dirección exacta y una mascota; mas, transcurridos tres veranos, Julio cometió el error de endosarle a éste la autoría de cierta peligrosa travesura. Sus padres emprendieron, entonces, una larga y tortuosa investigación, cuyos resultados fueron concluyentes, además de asombrosos – tanto que olvidaron el castigo para el mentiroso.

El niño se convirtió en hombre, al tiempo que sus cuentos se hacían cada vez más largos y recurrentes. Sus amigos no le creían una palabra; y, algunos se alejaron; otros, lo compadecieron.

Cierto día, Julio se dio cuenta que era incapaz de crear más historias, las ideas se le habían agotado.

— ¡Ya sé! – Exclamó mientras preparaba el desayuno –. Debo decir una mentira tan absurda, que sólo mi genio logré transformarla en verdad.

Permaneció unos instantes en silencio hasta que escuchó en la radio, una voz que anunciaba el inicio de una serie llamada El hombre invisible.

— ¡Eso es! – Dijo, en medio de un paroxismo de felicidad.

Al día siguiente, salió de su casa con una amplia sonrisa en el rostro. Estaba alegre y rejuvenecido. En el trabajo, su jefe le llamó para pedirle que preparara un informe para unos empresarios italianos.

— Lo siento, señor, no puedo.

— ¿Por qué no?

— Porque soy invisible – respondió paladinamente.

El jefe estuvo a punto de despedirlo, mas, al percatarse que su empleado hablaba en serio, supuso que había enfermado.

— Creo que usted no se encuentra bien; descanse hoy y mañana conversamos con más calma.

— Estoy perfectamente, igual que ayer y anteayer, pero ahora soy invisible.

Durante todo el día, Julio repitió, incansablemente, aquel estribillo y en la mayoría de los casos, no produjo otra cosa que no fuera un estallido de carcajadas. Volvió a su casa deprimido, sin hambre y sumido en la desesperación.

A la mañana siguiente, fue al trabajo con desgano, pensando que su vida no tenía sentido. Sin embargo, en la oficina, sus compañeros no lo vieron.

— ¡Al fin! – Se dijo –. ¡Lo he conseguido!

El jefe hizo su aparición y, dirigiéndose a la secretaria, preguntó:

— ¿Julio no ha venido?

— No, señor.

— Creo que no vendrá más, el pobre ha enloquecido.

— No, estoy muy cuerdo, ¡ustedes han enloquecido por mí! – Estaba jubiloso, pero nadie le escuchó.

— Yo les advertí que era invisible; no finjan que son sordos, simplemente admitan que decía la verdad.

No hubo respuesta y así fue por el resto de su vida, porque nunca más se supo algo de Julio.

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2 comentarios sobre “Mentira de piernas largas

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    1. Saludos, Pilar. Bueno ésa es una posibilidad, pero hay otras, por ejemplo: la mentira se volvió verdad, él era la mentira o, quizás la más extraña de todas, ninguno de los personajes existió jamás y no son otra cosa que el producto de un absurdo sueño. Gracias por la visita y felicitaciones por tu novela.

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