En una tierra sin nombre

Sucedió lejos de aquí,
en una tierra sin nombre,
donde la ley nada puede
contra el cariño de un hombre.

“Tierra sin nombre”

José Alfredo Jiménez

Era una mañana calurosa, no soplaba el viento y era casi imposible respirar. Nadie caminaba por las calles, por lo que el pueblo daba la impresión de estar abandonado. Me dirigí al único bar de la localidad y encontré en éste a la mayoría de los hombres del pueblo, que habían acudido en busca de sombra y de una bebida fría; de hecho, la barra y todas las mesas estaban ocupadas.

Volví sobre mis pasos, resignado a refugiarme en la habitación del hotel, cuando un individuo ebrio y de aspecto desgarbado me llamó:

— Oiga, gringo, ¿habla español?

— No soy gringo.

— ¡Ja! ¡Un gringo coterráneo! ¡Qué cosa más extraña! – repuso con cierto retintín –. ¿Por qué no se sienta conmigo?

Acepté, la verdad es que hubiera preferido marcharme, pero el ambiente del bar, a pesar de la cantidad de personas, era fresco y reconfortante.

— ¿Qué le trajo a este basurero? – preguntó, después de invitarme a beber un jarro de cerveza.

— Nada en especial; quería conocer este pueblo.

— ¡Debe estar arrepentido! – sonrió burlonamente.

— La verdad, no.

El hombre permaneció en silencio por un tiempo prolongado.

— ¿Quiere que le cuente algo? – preguntó, al fin –. ¡Estoy harto de vivir aquí! No hay una sola persona que valga la pena, todos son unos miserables.

— Bueno, en cualquier lugar…

— ¡No, no, no! ¡Aquí es peor!

Bebió otro jarro de cerveza y luego me dijo que sus paisanos eran gente desagradable, acostumbrada a vivir del chisme y de la calumnia, sin que les importara las consecuencias de sus actos.

— Pero eso no es lo peor, la hipocresía es lo más repugnante… Hipocresía como la de esas mujeres que siempre hablan de pureza y que… ¡Mejor me callo! ¿Otro trago?

Al anochecer, el hombre, en completo estado de embriaguez, se levantó de la mesa, extendiéndome la mano derecha.

— Un gusto conversar con usted, gringo coterráneo – dijo, mientras caminaba hacia la salida –. ¡Casi lo olvido! Hoy, a las nueve, se casa una amiga en la iglesia del pueblo; vaya, está invitado, le garantizo que no se arrepentirá.

Acudí a la iglesia, empujado por la curiosidad. A las nueve y cuarto, el automóvil de la novia se detuvo frente a la entrada y ésta bajó, radiante, con un vestido blanco, largísimo y de encajes. Realmente, era hermosa. Su futuro marido, por otra parte, esperaba en el templo. Cuando nos disponíamos a entrar, una voz aguardentosa hizo que nos detuviéramos:

— Julia, ¡tú te quedas!

Era el hombre del bar, con una pistola en la mano.

— ¿Estás loco? – exclamó la novia.

El hombre no dijo nada y, elevando el arma, disparó dos veces contra ella. Enseguida, la muchacha, inconsciente, rodó los peldaños del atrio, mientras, el asesino corría a abrazarla.

— ¿Por qué lo escogiste a él? Si no me hubieras engañado, estaríamos juntos, felices y, sobre todo, vivos… – balbuceó como un loco, con los ojos desencajados

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2 comentarios

  1. Vaya, qué raro encontrar un escritor contemporáneo cuya prosa sea sencillamente lúcida. Se nota que no tienes necesidad de enredar el texto para impresionar.

    Admiro tu sencillez.

    Me gusta

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