El alfil rebelde

Asistí a la final del Campeonato Nacional de Ajedrez movido por la curiosidad que me despertaban los dos contendientes. El uno, Daniel Vega, campeón defensor, era un profesor de matemáticas, que había dedicado toda su vida al estudio de la ley de probabilidades. Su comportamiento era apático, frío, ordenado – igual que su forma de jugar –, aunque en ciertos momentos se podía descubrir en su rostro una fugaz expresión de arrogancia y desprecio hacia los demás.

Por otro lado, Emilio Cervera, su contendor, era un hombre corpulento, bilioso, enamorado del ajedrez desde que lo descubrió en la academia militar, mientras se preparaba para oficial. Para él, cada pieza parecía tener un significado místico, de manera que hasta consultaba con su alfil, antes de efectuar cualquier jugada.

Pasadas tres horas, el público era presa de una mezcla de cansancio y expectación. Ambos rivales no conseguían realizar un solo movimiento definitivo, pues cualquier intento era bloqueado enseguida con una facilidad impresionante.

El ambiente del salón era frío, opaco y aunque la mayoría espectadores deseaba que el juego terminase, nadie se movía de su asiento, convencido de que algo extraordinario estaba por ocurrir.

Los contendientes, por otro lado, casi ni se miraban y apenas habían cruzado un par de palabras para saludar, al comienzo de la partida.

De pronto, Cervera realizó un magnífico movimiento con su caballo, poniendo en jaque al rey de su rival. Éste, por primera vez en el juego, pareció perder por unos minutos la serenidad, luego de los cuales, salió del apuro, moviendo una torre.

— Dos jugadas más… – dijo, con una sonrisa burlona.

Cervera no respondió, dedicándose a mirar obstinadamente uno de sus alfiles.

— ¡Ja, ja, ja! – rió, como si repentinamente hubiera enloquecido –. Tiene usted razón, mi amigo dice que he perdido.

— ¿Su amigo?

— El alfil, ¿no lo ve?

— ¡Deje de hablar estupideces y juegue!

El retador, cuyas manos y piernas temblaban ligeramente, movió un peón.

— Se ha dado por vencido, ¿verdad? – interrogó Vega, al mismo tiempo que hacía avanzar a su caballo.

Cervera no dijo nada, pero sus ojos denotaban terror, locura. De pronto, con el dorso de la mano, derribó al rey, cayendo, luego, desmayado.

— Es natural, no podía soportar mucho tiempo más esta presión – afirmó Vega.

Me levanté de mi asiento para ayudar al retador, sin embargo, uno de mis vecinos me detuvo.

— No entiendo por qué se rindió.

— Estaba acabado, no podía hacer nada más; pero eso no importa, debemos…

— ¿Qué quiere decir con que estaba acabado? ¡Fíjese! – dijo, señalando un alfil –. Si lo movía, ganaba.

Miré el tablero. Aquel extraño tenía razón.

— Pero, ¿qué pasó, entonces?

— No lo sé, joven, tal vez el alfil no se quiso mover – afirmó, sonriendo con tranquilidad.

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