A minutos de la ejecución

Le 19 janvier 1870

De repente se oyó un fuerte ruido de ruedas;

y al cabo de unos instantes se nos informó que había

llegado la guillotina.

Todos nos lanzamos a la calle,

¡como si nos alegrásemos de la noticia!

I. S. Turguéniev

La ejecución de Troppmann

Troppmann miró al grupo de curiosos que lo rodeaban con ironía y lástima. ¿Qué deseaban de él?, ¿por qué hurgaban en su intimidad?

— Caballero – le dijo el mismo anciano que, unos minutos antes, le había colocado las correas de cuero en los brazos –, le suplico que se siente, de otra manera, no puedo proseguir…

Él asintió, acomodándose enseguida en un rústico banco de madera, único mobiliario de aquella estancia. El viejecillo, luego de extraer unas tijeras de su bolsa, se dedicó a recortar el cuello de su camisa.

“¡Maldición! – pensó el condenado –. ¿Tienen que dañar mi ropa?”

La operación duró unos cinco minutos, durante los cuales tuvo tiempo para reflexionar con tranquilidad, aprovechando el silencio que se había impuesto entre sus acompañantes. Sus pensamientos, en todo caso, no eran lúgubres sino banales y hasta absurdos; al parecer, aún no comprendía que estaba a punto de morir. Le preocupaba menos la guillotina que el frío, su camisa destruida o aquel hombre de estatura considerable y de cabellos blancos al que alguien llamó monsieur Turguéniev.

“Seguro que no es francés; parece ruso… No entiendo por qué me mira así, con inquietud, con tristeza…”

— ¡De pie! – Ordenó, de repente, un hombre físicamente muy parecido al extranjero que llamaba la atención de Troppmann –.Ya es la hora.

— ¿Insiste en decir que usted no fue el asesino sino un cómplice? – Intervino el inspector de policía.

— Sí.

— ¿No desea revelar los nombres de los asesinos?

— ¡No, no, no!

— Está bien, entonces, ¡qué Dios se apiade de su alma!

El condenado murmuró algo que nadie pudo comprender, al mismo tiempo que franqueaba la puerta con paso firme y rodeado por un grupo de soldados. El resto los siguió.

El corredor que comunicaba el salón dedicado al aseo de los delincuentes con la puerta principal, era oscuro y estrecho. Todos – prisionero, soldados, policía, visitantes –  daban la impresión de haberse convertido en un extravagante testudo romano.

Troppmann sentía en su cuello el aliento cálido de los que caminaban tras él. Sonriendo, se preguntó si el verdadero infierno era igual al descrito por el capellán.

Llegaron a la puerta; la luz pálida de aquella mañana de invierno les dio la bienvenida.

“¿En verdad voy a morir? – reflexionó el condenado, que se había detenido a contemplar la guillotina –. ¿Debo tener miedo?”

— ¡Sí! – exclamó una voz áspera, cavernosa.

— ¿Quién dijo eso? – tenía la boca seca.

— ¿A qué se refiere, Troppmann? – quiso saber uno de los guardias.

— Pensé que… No es nada.

El soldado lo empujó para que subiera al cadalso. Arriba, cayó de rodillas frente a aquel artefacto que iba a segar su vida y antes de que el verdugo le obligara a inclinarse, miró al monsieur ruso, quien permanecía de espaldas, evitando ser testigo del desenlace.

— Creo que no se siente bien – murmuró el delincuente –; seguro que es un buen hombre…

Unos instantes después, Turguéniev escuchó un golpe seco y comprendió que todo había terminado.

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