El asaltante espectral

El 3 de abril de 1888, una diligencia que viajaba desde cierta mina de oro en California hasta Saint Joseph, Missouri, fue asaltada por un misterioso ladrón que, curiosamente, no robo ni un solo lingote, conformándose con asustar al conductor, al tiempo que buscaba en el equipaje un objeto desconocido. El transportista aseguró que el bandolero poseía un «aire sobrenatural».

En aquella misma fecha se cumplía el sexto aniversario del homicidio de Jesse James a manos de Robert Ford, uno de sus compinches, quien aprovechó que su jefe estaba de espaldas, colgando un cuadro en la pared, para dispararle en la nuca y cobrar la recompensa que habían puesto por su cabeza.

Esta casualidad, añadida a las comentarios de los conductores y a que, desde entonces, cada noche el ataque se repitió invariablemente; hizo que los habitantes de la ciudad empezaran a especular con la posibilidad de que el ánima del bandido había regresado para vengarse.

Empero, los dueños de la agencia de detectives Pinkerton – la misma que había sido contratada años atrás apara perseguir a la banda de James –, se rehusaban a aceptar estas conjeturas, por lo que enviaron a uno de sus agentes a investigar. El elegido, un joven atlético, temerario y muy hábil con el revólver; viajó a Saint Joseph, emboscándose la misma noche de su llegada en un recodo de la carretera principal. No tuvo que esperar mucho; a las doce en punto, una carroza que venía del oeste, fue detenida por un jinete que surgió de la penumbra.

El detective, desenfundado su arma, fue en busca del delincuente y cuando estuvo a unos pocos pasos del coche, no pudo reprimir un alarido: tanto aquél como su caballo estaban cubiertos de un halo verde brillante y despedían un espantoso olor a carne podrida. El joven reapareció unas horas después en la taberna de la ciudad, pero no era el mismo, el terror lo había enloquecido.

Desde esa noche, nadie volvió a dudar de la existencia del espíritu de Jesse James y decenas de cazafantasmas e incluso brujos de reservas indígenas acudieron para tratar de eliminarlo. Todo fue inútil, cinco años transcurrieron antes de que plaga desapareciera, coincidiendo con la llegada de una nueva maestra a la escuela de la ciudad. La mujer era una institutriz inglesa que abandonó su país para aceptar la  plaza de trabajo en Missouri.

La diligencia que había tomado en la estación del tren, no pudo partir a tiempo por culpa de la ebriedad del conductor, así que se vieron obligados a realizar el trayecto en plena noche. El fantasma, como de costumbre, atacó la carroza y se puso a rebuscar en los baúles de los tres pasajeros. Al llegar al de la inglesa, pegó un alarido de felicidad, abalanzándose sobre ésta que, lívida, fue incapaz de reaccionar.

A la mañana siguiente, Saint Joseph era presa de la conmoción. El conductor narró, entre copas, que el tal James, después de abrazar a la pobre maestra, se la llevó en su caballo junto con el paquetito que había encontrado en el baúl.

— ¿Qué era? – dijo alguien.

— Me parece que, cuando empezamos el viaje, la señorita mencionó que se trataba de medicina para el dolor de cabeza; sufría de jaquecas.

Un profundo «¡ah!» se escuchó entre los presentes.

El caso es que después del incidente, la maestra, el caballo y el fantasma con migrañas nunca más fueron vistos en Saint Joseph, Missouri.

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