El último viaje de Simbad

Simbad, debilitado por los horrores del viaje y por su avanzada edad, entró en la cueva. Su tripulación había perecido devorada por una extraña bestia que salió del mar mientras descansaban en la playa.

Deprimido, recordó a sus mujeres, a su casa, a sus queridos siervos; «nunca los volveré a ver», se dijo.

— ¿Para qué has venido? – exclamó, de pronto, una voz que provenía de lo más profundo de la caverna.

— ¿Quién eres? Yo soy Simbad el marino.

— He preguntado la razón de tu viaje; aquí, los nombres no tienen importancia.

— Un comerciante de Bagdad me contó, hace algunos meses, que en una de las islas de este archipiélago vive un poderoso mago que posee el secreto de la eterna juventud, y he venido a comprárselo.

— ¡Ja, ja, ja! ¿Por esa tontería has arriesgado tu vida?

— No es una tontería; la vejez ciertamente no lo es.

— La ancianidad es experiencia, sabiduría…

— … Y también muerte…

— ¿Has venido solo?

— No, pero toda mi tripulación fue devorada por un monstruo mientras descansábamos en la playa, antes de emprender la búsqueda del palacio del mago.

— ¿Te das cuenta de que tu deseo le ha costado la vida a cientos de hombres?

Simbad bajó la cabeza.

— ¿Sabes dónde está el palacio del mago? – dijo suavemente, casi como en un murmullo.

— No hay ningún palacio en esta isla.

— Entonces, ¿ha sido en vano todo?

— Tal vez te pueda ayudar, Simbad; antes, sin embargo, tendrás que pasar una prueba.

— La que sea.

Por unos instantes, todo quedó en silencio.

— Debes observar una cosa – dijo el dueño de la voz que, por primera vez, salía de las tinieblas de la cueva, presentándose al aventurero –, nada más…

— Lo que ordenes, pero ¿quién eres?

— Los nombres no importan, ya te lo dije.

El ermitaño, ataviado con la piel de una fiera, le entregó a Simbad un cuenco lleno de agua, al tiempo que le ordenaba concentrar todos sus sentidos en el fluido.

— El líquido mágico te mostrara el camino…

A los pocos minutos, el cuenco adquirió a los ojos de Simbad las dimensiones de un océano y pudo verse en él a sí mismo, joven, lozano y navegando en un hermoso barco.

— ¿Qué es este prodigio?

— ¡Tu futuro!

El marino guardó silencio mientras se sucedían las escenas de nuevos viajes por Oriente y Occidente; el descubrimiento de grandes tesoros y exóticas huríes. Vio montañas, ríos y mares extraños; animales y plantas indescriptibles; y a pesar de que los años parecían pasar, él, Simbad, continuaba pletórico, lleno de vida.

— ¡Esto es maravilloso!

— ¡Espera! Aún no termina.

Repentinamente, al fondo del cuenco, vio a una muchacha hermosísima que le extendía los brazos, al tiempo que con ojos llenos de pasión, lo llamaba.

— ¿Quién es?

— Una mujer que conocerás, si escoges la inmortalidad.

— ¡Claro que lo haré!

— ¿No comprendes? ¡Mira con atención!

El Simbad del cuenco abrazó a la joven y se fundieron en un largo beso, sin embargo, ella empezó a envejecer aceleradamente hasta que terminó por convertirse en un esqueleto putrefacto.

— ¡Por Alá! ¿Qué es esta monstruosidad? – gritó el marino, cubriéndose el rostro.

— ¡No dejes de mirar!

El agua, enturbiada, le mostró a todas las personas que amaba muriendo, pudriéndose, desapareciendo; mientras él, eternamente joven, quedaba aislado, solo y amargado.

— ¿Es realmente eso lo que quieres, Simbad?

— ¡No!, ¡no!, ¡no! Sólo quiero volver a mi casa, sólo eso…

— Tu deseo será cumplido…

En ese instante, el viejo marinero despertó en medio de una cómoda cama, junto a su esposa.

— ¡Qué bueno es volver a verte! – le dijo, abrazándola.

— ¿Qué dices, esposo mío? Parece que no me hubieras visto en meses.

— Así fue.

Ella le tocó la frente, preocupada por su salud. Simbad, por otro lado, estaba seguro de que Alá le había regalado un último viaje.

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5 comentarios sobre “El último viaje de Simbad

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    1. ¿Qué tal, Amelia? Sí, ha pasado mucho tiempo, pero yo igual me acuerdo de ustedes, espero que te encuentres bien. Muchas gracias por tus comentarios, me alegro que te guste lo que escribo.

      Saludos desde Ecuador.

      Me gusta

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