La Sociedad de los Cerdos Filósofos

Al gato Misifús le costó mucho esfuerzo ingresar en la Sociedad de los Cerdos Filósofos (SOCEF). Era un grupo tan hermético que se debían cumplir infinidad de requisitos para ser considerado, apenas, un candidato.

El joven felino recibió varias veces la negativa, pero su persistencia fue recompensada cuando, tras presentar un artículo filosófico que causó la admiración de aquellos intelectuales puercos, lo aceptaron como miembro. Dicho texto se proponía crear una amalgama entre el socialismo científico de Marx y el vitalismo de Nietzsche.

En resumen, los hombres y los gatos, los cerdos y demás animales debían ser individualistas, pensar en su propio bien pero siempre en función de la colectividad, pues el superhombre era una criatura despojada de torpes valores e ideas morales caducas, sin que, por ello, dejara de sentir piedad y compasión hacia sus semejantes.

En realidad, el «marxismo nietzscheano», como llamaron a su nueva ideología, se trataba de un sistema demasiado complejo, en el que las antítesis formaban nuevas síntesis con una facilidad espeluznante y al que sólo un grupo de intelectuales como el de la SOCEF llena de filósofos, sociólogos, antropólogos y un interminable etcétera de «ólogos» podía entender.

Los cerdos filósofos y su nuevo compañero gatuno, enseguida, se entregaron a la tarea de implantar el marxismo nietzscheano M.N., de ahora en adelante en la putrefacta sociedad capitalista contemporánea. Naturalmente, tuvieron éxito.

En las elecciones siguientes, su otrora minúsculo partido se transformó en un coloso que arrasó con todos los escaños del congreso e incluso con la presidencia de la República.

El gato Misifús, sin embargo, se abstuvo de participar como candidato; se daba cuenta de que su juventud y su extraordinaria inteligencia serían mucho más útiles en algún cargo de ministro o de consejero.

Las días transcurrieron vertiginosamente y los cambios tan anunciados no se hicieron esperar: en cuestión de semanas, el país era el chiquero apropiado para que sus puercos líderes pudieran vivir.

De todas maneras, el pueblo nunca comprenderá el bien que se le hace y, por lo mismo, el experimento del M.N. tuvo un final tan aparatoso como prematuro.

Apenas un mes después de haber sido elegidos, los integrantes de la SOCEF emprendieron la construcción de una magna obra para inmortalizar el triunfo del «superpueblo»: una nueva torre de Babel.

Los arquitectos, ante la imposibilidad de obtener piedras o, peor, cemento, escogieron al lodo como principal material de construcción y un par de semanas después, los primeros treinta pisos estaban terminados.

La celebración debía ser esplendorosa, así que se organizó una «superfiesta», invitando a todo el «superpueblo».

Empero, nadie estaba de humor para festejos y, en medio del discurso del «superpresidente», estalló una «superrevuelta», que no se detuvo hasta que los miembros de la SOCEF quedaron «supersepultados» bajo los escombros de la nueva torre de Babel.

El gato Misifús logró escapar, llegando a convertirse, años más tarde, en uno de los escritores más importantes de la literatura latinoamericana, y cuando le han preguntado sobre el M.N. o sus escarceos con la política, simplemente ha dicho que, por juventud e inexperiencia, hasta un intelectual de su envergadura puede cometer errores.

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