Tumores malignos

El herrero Pablo Marcos era un hombre muy sano, casi nunca enfermaba. La mayor alegría de su vida era su madre, una anciana que, a pesar de la robustez y de la edad de su hijo, no dejaba de mimarlo como a un chicuelo; le preparaba siempre dulces, le bendecía cuando se iba a trabajar e incluso le arropaba antes de dormir. Muchos pensaban que era ridículo mantener este comportamiento con un hombre adulto, pero a Marcos no le importaba.

Una noche, durante la merienda, un muchacho travieso pateó su balón de fútbol contra la ventana de la habitación de la madre, rompiéndola en mil pedazos.  Ante la imposibilidad de solucionar el problema a esa hora, el herrero se ofreció a cambiar de cuartos para que la anciana no tuviese que soportar el frío.

— ¡No, no y no! – dijo ella –, a mí no me afecta en nada; ese es mi cuarto y es allí donde me voy a quedar.

Marcos no tuvo otro remedio que aceptar. A la mañana siguiente, su madre fue la primera en levantarse y cuando el herrero apareció en la cocina, la encontró preparando el desayuno. Sus ojos, sin embargo, denotaban cansancio, además una tos constante le impedía hablar con tranquilidad.

— Madrecita, ¿estás resfriada? Debiste permitir que durmiera en tu cuarto…

— No es nada, voy a estar bien.

El caso es que transcurridos algunos días, la anciana se agravó tanto que el médico le dijo a Marcos que estuviera preparado para lo peor.

El herrero no se movía del lado de su madre, sosteniéndole, a toda hora, la mano, al tiempo que le hablaba al oído con voz dulce.

Finalmente, una mañana la mujer no pudo soportar más y murió. En el entierro, Marcos guardaba silencio, mientras sus ojos estúpidamente seguían cada uno de los movimientos del enterrador, como si no comprendiera qué estaba ocurriendo.

Los días pasaron y el herrero dejó su trabajo, recluyéndose en su casa sin que nadie supiera cómo y con qué vivía. Entonces, el médico fue a visitarle y  le halló sentado sobre la cama de la viejecilla con una sonrisa idiota.

— ¡Pablo, déjate de tonterías, no es justo que te dejes morir!

— ¿Morir? Me da lo mismo…

El médico lo miró, percatándose que en el lado izquierdo de su cuello había aparecido una protuberancia de un diámetro considerable.

— ¿Te han examinado eso?

— ¿Para qué? Me da lo mismo…

— No seas tonto, Pablo, mañana mismo vas a mi consultorio para que te pueda hacer unas pruebas.

El herrero acudió sin convicción, como si obedeciera a una voluntad superior. Por lo demás, los exámenes arrojaron resultados satisfactorios: la protuberancia no era otra cosa que un tumor inofensivo, que el galeno extrajo al día siguiente en una operación sencilla.

Sin embargo, cuando Marcos acudió para que le retiraran los puntos, la protuberancia había reaparecido. Enseguida, se lo sometió a una nueva operación, y una vez más, el tumor  brotó, ahora, en el lado derecho del cuello.

— ¡Esto es absurdo! – exclamó el médico –. ¡No lo entiendo!

— Me da igual todo esto – dijo Marcos con tranquilidad.

El galeno contempló a su paciente y en sus ojos tristes leyó la respuesta al enigma: para ese mal no servía la medicina. A pesar de sus esfuerzos, en un mes, el herrero estaba cubierto de tumores y agonizaba en su casa.

— No se preocupe, doctorcito, usted es muy bueno, pero yo estoy feliz porque voy a volver a encontrarme con mi mamá – comentó el herrero sonriendo alegremente, cuando el galeno fue a visitarlo.

Al día siguiente, Pablo Marcos falleció después de una larga noche en la que jamás dejó de sonreír.

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