Nudismo

— El problema, doctor, es que, no importa lo que haga, siempre estoy desnuda.

El psiquiatra la contempló y, en efecto, aquella mujer estaba sin un trapo encima. «¡Qué vieja más buena…!», se dijo el hombrecillo, empujando con el dedo índice los lentes que se le habían resbalado sobre la nariz.

— ¿A toda hora es igual? ¿Nunca ha llevado ropa, aunque sea por unos instantes?

La despampanante rubia vaciló.

— Bueno… este…. bueno… sí… invariablemente estoy vestida cuando hago el amor, y es el único momento en el que quiero andar desnuda, pero no lo consigo… ¡Mi marido está harto!

— ¡Ejem! – carraspeó el psiquiatra con aires de suficiencia –. ¿Y cuál cree que sea la razón?

— No sé, esperaba que usted pudiera decírmela.

— No, el psicoanálisis no funciona así: la respuesta debe venir del paciente.

— ¿Y para eso pagué doscientos dólares? ¡Hubiera escrito un diario!

El psiquiatra volvió a carraspear, al tiempo que anotaba algo en su libreta.

— Seamos sinceros, señora… ¿cómo era su nombre…? ¡Ah, sí! Méndez, señora Méndez, seamos sinceros: ¿alguna vez abusaron sexualmente de usted?

— Pero, ¿qué dice? ¡No…! Bueno, eso creo…

— ¡Ejem! ¡Ejem! ¿Identifica a su marido con su padre?

— ¿De qué habla? ¡No! Aunque a veces me da la impresión de que tienen la misma sonrisa…

— ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! – el hombrecillo escribió un par de frases más en su libreta y luego, satisfecho de sí mismo, dijo con rapidez –: ¡todo está muy claro! Usted sufre de un terrible «complejo de Electra», exacerbado por una violación de la que fue víctima en su infancia y de la que no tiene recuerdos porque su mente los ha bloqueado, con el fin de mitigar el sufrimiento.

— ¡Dios santo! Y, ¿cuál es la cura?

— Desbloquearlos y superarlos; no se preocupe, trabajaremos en ello, de hecho puede adelantarme el pago por… veamos… unas ciento cincuenta sesiones.

— ¿Tanto? – exclamó la rubia reincorporándose –. ¿No puede recetarme algún remedio? ¿Valium o algo así?

— No es tan sencillo, sin embargo, puedo darle una recomendación.

— ¡Por favor!

— Si el problema estriba en su desnudez, ¿por qué no desviste mentalmente a los que la rodean? Quizás sienta un enorme alivio.

La mujer pensó que aquel era un consejo idiota, aun así, lo puso en práctica sobre el mismo psiquiatra, percatándose, con sorpresa, que a medida que el hombrecillo perdía una prenda de ropa, ella se iba cubriendo con otra.

Satisfecha, salió del consultorio, dejando al pobre doctor completamente desnudo, igual que a la secretaria, a un individuo medio torpe en el ascensor y al portero del edificio. De regreso a casa se puso a desvestir a cada persona que aparecía en su camino, de manera que cuando cruzó la puerta, estaba cubierta por al menos unos cincuenta abrigos.

Su marido (desnudo) la miró con sorpresa. ¡Por fin se había curado!

— Hagamos el amor – sugirió, embargado por el deseo.

— ¡Sí! – dijo ella, al tiempo que intentaba desvestirse –. ¡Diablos! Pero, ¿qué pasa?

Cada vez que la rubia se quitaba una prenda, aparecía otra. Transcurridos treinta minutos (durante los cuales los esposos lucharon tenazmente), ella continuaba con tanta ropa encima como un cazador de Laponia en invierno.

Los años han pasado y, ahora, no existe un solo humano vestido sobre la faz de la tierra; la señora Méndez, por otra parte, falleció a los pocos meses de su consulta psiquiátrica, aplastada bajo toneladas de ropa.

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