Sin cara

"Eyes wide shut"

Acudió a la fiesta más por obligación que por placer; sus compañeros de trabajo no le caían bien, de hecho, los odiaba. “¿Qué otra cosa puedo sentir por gente hipócrita y ambiciosa?”

Golpeó la puerta y un mayordomo obeso y con cara de bulldog abrió.

— Su entrada, por favor… – dijo con voz cavernosa.

La joven extrajo un sobre de su cartera, entregándoselo con una sonrisa forzada.

— Gracias… pase…

Dentro,  el ambiente era opresivo, casi irrespirable. Los invitados, cuya única vestimenta eran unas máscaras extrañas, bailaban monótonamente, como si alguien les hubiese obligado a hacerlo.

— ¡Clara! ¡Clara! ¡Aquí! – era su única amiga, la secretaria favorita del ministro.

— ¿Por qué estás desnuda? Nadie me avisó que iba a ser una esas fiestas… ¿Y esa careta horrible…?

— ¡Ja, ja, ja!, ¿qué bobadas dices? ¿No te has percatado de que siempre llevamos máscara?

— Estoy hablando enserio, Ana…

— Yo también y, pronto, tú llevarás una.

— ¡Hoy, estás insoportable!

— ¡Ay, Clara! ¿Por qué eres tan mojigata? Nos miras con desprecio y la verdad es que estás hecha de la misma madera que todos.

— ¡Basta! ¡No quiero oír otra palabra tuya!

— Entonces, ¿no te gusta mi traje? ¿Qué tal me veo sin él?

En ese instante, Ana se quitó su máscara, dejando al descubierto el óvalo de su rostro, pero sin ojos, nariz o cualquiera de los rasgos que Clara había visto durante meses. Aquella mujer no tenía cara.

— No te sorprendas – dijo un hombre regordete que se había acercado a ellas  –, todos somos iguales y gracias a estas máscaras podemos hablar; es que sin boca es un poco difícil, ¿sabes?

Uno a uno, los invitados removieron sus caretas, revelando su rostro vacío, inexpresivo, espantosamente limpio, y se pusieron a rodear a Clara.

La muchacha, abriéndose paso con codazos y puntapiés, logró salir de la mansión, echando, luego, a correr lo más rápido que le permitían sus piernas. Transcurridos unos diez minutos, se detuvo y respiró profundamente, al tiempo que contemplaba la luna llena.

— Hermosa… – murmuró.

De pronto, un trueno retumbó a lo lejos y una nube negra cubrió al satélite como si se tratara de una máscara.

— ¡Dios mío!

Abatida, entró en su casa y fue al baño para lavarse la cara, pero apenas le hubieron tocado las primeras gotas de agua, todas sus facciones se fueron despegando del óvalo de su cráneo para, enseguida, escurrirse por la cañería haciendo “¡ZUICK!”.

La muchacha hubiera querido gritar, pedir ayuda o, por lo menos, lamentarse, mas, al faltarle la boca, solo le quedó el ahogo del silencio.

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