El príncipe gris

Una hechicera le había maldecido por rehusarse a hacer el amor con ella, convirtiéndolo en un sapo baboso y verde; la suerte quiso, sin embargo, que una princesa con estrabismo le diera un beso, rompiendo para siempre el encantamiento. Lo que no esperaba la joven es que el príncipe Juan, en vez de entregarle, agradecido, su corazón, la abandonaría sin contemplaciones para buscar un hogar menos aburrido que el País del Nunca Jamás.

Viajó durante años, recorriendo lugares extraordinarios y enfrentándose con innumerables peligros, mas, nada le satisfizo hasta que llegó a Quito, una ciudad tan gris como el príncipe Juan; enseguida, la adoptó como su nueva patria, al tiempo que se declaraba su monarca. El pueblo, tan revolucionario y culto, quedó encantado con la idea, aclamándolo como su gran líder.

El nuevo principado fue víctima de un sinnúmero de reformas: los quiteños debían andar desnudos a la madrugada, la ropa interior no se usaría, nunca más, bajo los pantalones sino sobre la cabeza, los perros estaban obligados a sacar a pasear a sus dueños, al menos, dos veces al día, etc.

De todas maneras, no fueron los edictos reales, sino el desmedido culto a la personalidad del príncipe lo que lo hizo famoso. Todos los días, sin excluir feriados o días de la madre, el monarca hablaba durante tres horas para beneplácito de sus súbditos, quienes le escuchaban embebidos y sin comprender una sola palabra; los monumentos y las plazas se empapelaron con gigantografías en las que el hermoso rostro del monarca sonreía para solaz de los transeúntes y, finalmente, cada domingo, Dies Domini (¡!), se transmitía un programa especial en todas las emisoras de radio y televisión, en el que se insultaba – justamente, claro – a cualquier audaz que se hubiera atrevido a poner en duda los sabios designios del líder del Principado de Quitolandia.

Por lo demás, el príncipe Juan llegó a convertirse en un gobernante tan famoso que, a pesar de su gris tono de piel y carácter,  siempre le invitaban a importante reuniones oficiales, donde recibía títulos, nombramientos, medallas y cualquier otra cosa inventada por la diplomacia mundial para halagar los egos más obtusos.

Cierto día, el monarca de Quitolandia asistía a un almuerzo oficial con el presidente Barack Obama y Muda Hassanal Bolkiak, Sultán de Brunei, cuando una mujer horrible penetró en el salón gritando:

— ¡Te salvaste de mi hechizo una vez, pero no volverá a suceder!

— ¡Bruja! ¿Qué diablos haces en mi palacio? – dijo el príncipe Juan, soltando su hamburguesa.

— ¡Vengarme! – la mujer hizo un gesto extraño con la mano izquierda y murmuró algo ininteligible.

Enseguida, el palacio, la comida, Obama, el Sultán y el mundo entero empezó a tornarse gris, al mismo tiempo que un ola de alegría y felicidad inundaba el corazón del príncipe Juan.

— ¡Soy feliz! ¡Por primera vez en mi vida soy feliz!

— Sí, ése es tu castigo por rechazarme: te he convertido en un príncipe azul, lleno de felicidad, dulzura y amor, pero todo lo que te rodea será negro y amargado, y nunca más encontrarás la alegría…

La maldición se cumplió y mientras todos los humanos vivimos en un mundo negro, el príncipe Juan, convertido en un mendigo idiota, vaga por el mundo buscando una princesa y un reino donde pueda vivir feliz para siempre.

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