Zorrita

Cuando me enamoré – con ese primer amor siempre torpe e insubstancial –, ella era una hermosa pelirroja, sus caderas invitaban a soñar, a pensar en todo menos en la misa del domingo.

Yo hacía lo posible para llamar su atención, casi mendigaba por una palabra amable, una sonrisa, lo que fuera… pero Juliana me ignoraba, como ignoraba a todos los que babeamos por sus senos.

Por mi hermana, que era compañera suya en el colegio, supe que la pelirroja se había prometido a sí misma despreciar a los hombres, al sexo, a la carne, convirtiéndose en una suerte de Artemisa de país latinoamericano atrasado. Esta noticia me hizo aborrecer a las monjas del colegio, directas responsables según mis deducciones, de ese atentado contra la naturaleza.

Mi deseo frustrado me impulsó a perseguir a Juliana, aunque sólo fuera para sentirme cerca de ella y seguir amando su silencio. A media tarde, yo, corriendo, iba en su búsqueda y la perseguía desde el colegio de esas malditas monjas hasta su casa, unas diez cuadras al norte. Ese mes de noviembre transcurrió con rapidez.

Cierto día, sin embargo, noté que Juliana estaba diferente: sus labios, ligeramente plegados en una mueca, expresaban fastidio y quizá hasta asco. Además, no se dirigió, como de costumbre, del colegio a su casa, sino que, desviándose, fue a parar en una banquita en el centro de un parque poco concurrido.

La miré protegido por la silueta de un pino, sin atreverme a decir nada hasta que Juliana pegó un alarido, desmayándose, enseguida, sobre el césped mal cortado. Acudí a socorrerla, pero mis métodos de rehabilitación eran tan ridículos como mis tentativas románticas.

— ¿Qué haces aquí? – fueron las palabras de agradecimiento de mi “damisela en apuros”.

— Estaba… estaba jugando fútbol y te vi caída…

— ¿Y la pelota?

— ¿Qué pelota? ¡Ah! La de fútbol… la de fútbol…

— No importa; estoy bien, ¡déjame tranquila! – me levanté para irme, pero sentí que su mano, repentinamente, se aferraba a la mía –. ¡Espera! Tengo un horrible problema y no sé qué hacer, tal vez tú puedas ayudarme.

Asentí titubeando.

— Desde esta mañana – continuó Juliana – algo raro me está pasando, creo que es en mi cabeza o tal vez en mis ojos, no estoy segura… Lo que pasa es que veo… veo sexo en todos lados…

— ¿Qué? – mis ojos se abrieron como dos platos de sopa.

— Sí; cuando me levanté, me pereció ver que detrás de la cortina de la ducha una pareja fornicaba con violencia; en el desayuno, que mi hermano mayor se masturbaba; en el baño del colegio, que dos niñas tenían sexo oral… en la clase, en la comida, en los libros, aquí, en todo lugar … ¡Sexo, sexo, sexo…! ¡Ya no puedo soportarlo!

Una parte de mí quería aprovecharse, sin embargo, mi torpeza y mi cobardía me superaron, haciendo que no fuera capaz de formular ni siquiera una frase coherente. Por otra parte, mientras intentaba reaccionar, ella ya se había olvidado de mí y sus ojos vidriosos miraban a su alrededor con ansiedad, perdidos en quién sabe qué pensamientos.

Esa noche, regresé a casa y no pude dormir. No pensaba en sexo, más bien me sentía avergonzado de mi incapacidad de reaccionar como el caballero que había jurado ser para Juliana. Desde entonces, no volví a perseguirla.

Dos semanas después, mi hermana contó mientras cenábamos que mi “damisela en apuros” había adquirido una enfermedad extraña y que era tan grave que sus padres optaron por internarla en un hospital para desahuciados.

— ¿Qué tiene? – dije, simulando indiferencia.

— Nadie sabe cómo se llama la enfermedad, pero durante los primeros síntomas empezó a salirle una cola con pelos anaranjados, luego un hocico y garras. Esta mañana la vimos y era una zorra completa, no quedaba nada de la niña de la que te enamoraste como pendejo, hermanito; aunque seguía siendo un animalito encantador…

Nunca me atreví a visitarla. Mi amor por ella duró un par de meses más hasta que viajé a Paris; allí, la literatura y mi trabajo como secretario de don Marcelo Chiriboga me absorbieron por completo, convirtiendo a Juliana en un espejismo del que sólo supe, por la carta de un amigo, que vivía felizmente en un refugio para animales salvajes en las afueras de Quito.

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