El beso de la luna

Esa noche, Mrs. Robinson salió de una fiesta completamente ebria. Su amante, el mejor amigo de su hijo recién graduado, la había abandonado para estudiar proctología en una universidad de Namibia.

Tambaleante, caminaba por las calles desiertas, mientras el viento helado ululaba como en una película de terror. Ladrones, oscuridad, frío, nada era importante; estaba completamente ensimismada, pensando en el amor perdido y en una canción cursi que había escuchado en la fiesta. De repente, se detuvo en una esquina y se puso a mirar el cielo despejado: la luna brillaba con una intensidad especial.

“¡Qué hermosa!”, se dijo mientras su corazón latía con fuerza.

En ese instante, tuvo pánico y echó a correr hasta su casa, sin mirar ni una sola vez más aquel satélite que le coqueteaba con lujuria.

Transcurrieron varias noches antes de que se atreviera a salir, el miedo a aceptar que amaba de nuevo la obligaba a quedarse en su casa con las cortinas cerradas, pero con la tentación latente. Ni el alcohol ni los amigos funcionaban como antídotos para un amor que Mrs. Robinson consideraba aberrante e irresistible.

Su rutina se trastornó. Las noches velaba y los días dormía; dejaron de importarle su hijo y el antiguo amante; comía poco y ya no bebía.

Finalmente, dos semanas después, la mujer no pudo soportar más y salió al jardín de su casa. La luna parecía haberse embellecido para ese encuentro con su amada, estaba más amarilla y sus cráteres, como ojos, le coqueteaban.

— ¡Te quiero, te quiero, te quiero! – dijo Mrs. Robinson.

El satélite no respondió, limitándose a sonreír. Entonces, la mujer se puso a correr desesperadamente hacia el norte, tratando de alcanzarlo, mas, este siempre terminaba por escaparse.

Mrs. Robinson, varias horas después, se detuvo exhausta junto a un río correntoso, muy lejos de su ciudad natal. Se sentó sobre una roca de la orilla para contemplar el reflejo de la luna en el agua.

— ¡Ya entiendo! – dijo, de pronto, señalando la corriente turbia –, no puedo alcanzarte porque estás escondida allí, debajo.

Sin pensarlo dos veces, se lanzó al río con la intención de atrapar a su gran amor, pero no tuvo tiempo, el torrente la arrastró y ningún esfuerzo suyo fue suficiente para impedir que se ahogara.

Nunca encontraron el cuerpo de Mrs. Robinson y la verdad es que nadie se esforzó demasiado en buscarlo, ni su hijo. Apenas un periódico puso una reseña de cuatro líneas en una de las páginas menos leídas, se titulaba: “Alcohólica muere por tomar agua de río”.

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