La guadaña de la Muerte

PRIMER MICROCUENTO MACABRO

Hicimos una apuesta: si los matabas, dejaría que vivieras.

Sí, recuerdo claramente la cara de terror que pusiste cuando dije que ésa sería tu última noche. Primero te burlaste; «¿quién eres, imbécil». «Soy la Muerte», respondí, haciendo esa voz cavernosa que les produce tanto miedo a los ebrios que, a altas horas de la noche, pasan cerca del cementerio.

Claro, creíste que estaba loco, pero como prueba saqué mi guadaña, al tiempo que exclamaba «¿qué, piensas que esto es una guitarra?» Es en ese momento cuando el pánico se apoderó de tu cuerpo flaco de neonazi con problemas de autoestima.

«¡Pero yo no quiero morir, la próxima semana tengo un torneo de videojuegos en Kabul!», gritaste, y yo, que estaba soportando con estoicismo la tortura de la gastritis, quise darte una oportunidad.

«El estómago me va a matar y sólo la comida me calma, tráeme algunos cuerpos para devorar y te dejo en paz.»

Pensé que te ibas a acobardar, pero no. Al día siguiente, armado de un rifle, disparaste y disparaste como si fuera uno de tus ridículos juegos de video, y yo, desde las sombras, sonreía hambrienta, insatisfecha.

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