El extraño caso del señor Noel, muerto en el Machángara

Las cenas de Navidad son una porquería. Admítanlo: a ustedes les fastidia, tanto como a mí, mantener esos incómodos diálogos – supremamente educativos y tiernos – con parientes a los que no han visto en siglos y que se creen la fuente del saber universal.

— ¿Ya conseguiste empleo? ¿NO?

— Es que estoy dedicado al arte…

— ¿Artista? Eso no es un trabajo, hijito, solo pendejadas de comunistas o hippies vagos.

— Es que yo creo…

— No, tú no tienes que creer nada, debes trabajar, T-R-A-B-A-J-A-R, ¡TRABAJAR!, ¿ENTIENDES?

— Sí, pero…

— ¿Y ya te casaste?

— No, yo…

— ¿Hasta cuándo piensas esperar? ¡Ya sienta cabeza! Ese connubio con la gallina que compraste hace un año no va hacia ningún lado, ¡ES UN ANIMAL, CARAJO, NO UNA MUJER!

(Mi relación con Juliana la gallina es algo que se debe respetar, ¡nos amamos y no hay nada malo en eso!)

Sin embargo, este año la reunión de Navidad fue diferente, hasta interesante. Yo, como de costumbre, acudí con el soberbio propósito de embriagarme y apenas entré en la cocina para buscar una botella de vino, pude ver a un viejo flaco y barbudo, quien, más borracho que una cuba, insultaba a todo aquel que quería acercársele.

— Oye, viejo – dije engrosando la voz como me enseñaron en las cantinas de mala muerte –, ese es MI trago.

El hombre me miró con una sonrisa burlona.

— Tú pareces de los míos, ¿por qué, en vez de quitarme el vino, no bebemos juntos?

Primero supuse que se trataba de un pervertido, pero como mi alcoholismo es más poderoso que mi instinto de conservación, acepté.

— ¿Sabes? Mi nombre es Papá Noel

— ¿Ah, sí? ¡Qué bueno!

— Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás ¿no te suena familiar?

— No, ni idea.

— El sujeto que regala juguetes en Navidad…

Me puse a reflexionar y, de pronto, recordé.

— ¿En serio? ¡No te creo! Solamente eres un viejo flaco, borracho y amargado; el verdadero Santa es un gordo bonachón.

— No, no, soy Papá Noel y si me encuentro en este estado, es por culpa de ustedes…

— ¿Por qué? Yo no te he hecho nada… al menos sobrio.

— Me refiero a los humanos en general. Verás: hace mucho tiempo los niños creían en mí sin discutir, esperaban alegres, durante meses, mi llegada, soñaban en Rodolfo el reno, el trineo y la bolsa de juguetes, pero, de un tiempo a esta parte, una corriente de gente inteligentísima se ha propuesto hacerme la guerra, dicen que no existo, que “la Navidad es una invención de los capitalistas burgueses, quienes alimentan el consumismo de la gente para enriquecerse indiscriminadamente”, o que soy “una figura de la que se apropió una transnacional para hacer propaganda por su asqueroso producto” y otras cosas por el estilo; ¡ya nadie disfruta de esta fecha, y ni siquiera los niños me escriben cartas para pedirme regalos! ¡Estoy acabado!

— Bueno, la verdad es que yo tampoco soy fanático de la Navidad, sin embargo, me da lo mismo si la gente cree en ella o si tú bajas cada año por las chimeneas para robarte la ropa interior de las universitarias, al fin y al cabo, suelo hacer lo mismo.

— Ojalá todos fueran tan comprensivos como tú, mi querido y borracho amigo; te confieso que la pena me ha empujado a tomar una decisión fatal: ¡me voy a suicidar!

— ¡No puedes hacer eso, Rodolfo se quedaría sin nadie que le dé la cena!

— Ya puse en adopción al reno, lo acogió una familia de ecologistas radicales; la última vez que nos vimos, lo estaban pelando porque ni ÉL debe llevar encima un abrigo fabricado con pelaje animal.

— Ya veo, ¿entonces estás decidido?

— Sí, por eso estoy en Quito, quiero ahogarme en el Machángara.

— ¡Qué asco! ¿Por qué?

— Es que deseo una muerte denigrante y no se me ocurrió un río más sucio e inmundo que ese – hizo una pausa para beber un último trago y luego concluyó –: bueno, me despido, fue un gusto haberte conocido.

Enseguida, extendiéndome la mano, se marchó.

Hace unas horas, encendí el televisor – aún tenía resaca por los excesos de la noche –, y en cierto canal estaban transmitiendo el noticiario. La presentadora hablaba de un hombre al que habían hallado flotando entre los desechos del río Machángara, la madrugada del 25 de diciembre.

— Entre sus pertenencias – dijo la mujer –, se halló una tarjeta, cuyo texto decía: “Papá Noel, Polo Norte, 00001.”

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