La pornografía, esa sabia maestra

La Grande Epidemie de Pornographie

Sí, lector pervertido, leyó bien: hoy hablaré (¡sí, sí, sí, “escribir” es el verbo apropiado, sabihondos de porquería!) de aquel entretenimiento al que casi todos se han sometido, al menos, una vez en sus vidas, pero que pocos admiten haberlo hecho.

De atenernos al significado etimológico (al escribir esto me pongo unos lentes con marco ancho, carraspeo un par de veces hasta sonar como un sicólogo alemán o un sociólogo francés y me acaricio la barbilla, en un claro acto de desafío a las concepciones epistemológicas clásicas de la realidad), casi nada de lo que vemos o leemos es pornografía, ya que esta palabra procede de los vocablos porne, prostituta, y grafía, descripción; es decir que, en sentido estricto, aquella debería ser una reconstrucción cuasi detectivesca (muy al estilo de CSI) del noble oficio de esas damas conocidas con el nombre genérico de “putas”.

El hecho es que al leer una revista pornográfica o ver una película de ese género, usted sí puede encontrarse con prostitución, pero también con pasteles de manzana, pilotos, azafatas, fontaneros, amas de casa millonarias, pobres y de clase media, vírgenes, vividores, repartidores de pizza, pizzas, burros, perros, física nuclear, Aristóteles, Blanca Nieves, los siete enanos, Alicia, el País de las Maravillas, falos de plástico, ninjas, húngaras, látex, silicona (mucha), zombies, Carlomagno, sushi, etcétera, etcétera, etcétera…

Por lo demás, el porno (nombre cariñoso con el que nos referimos a la pornografía) ha desatado profundísimos debates, en los que, tanto defensores como acusadores, esgrimen argumentos sesudos, y bastante abstrusos, sobre su validez e importancia.

Tori Black, estrella porno y el recién descubierto amor de la ‘mia vita’.

Por un lado, productores, aficionados y actores sostienen que la pornografía, tal como la entendemos hoy, es una nueva forma de arte que permite que el ser humano se desahogue, liberándose de sus represiones en una suerte de catarsis, capaz de elevarlo a inmarcesibles paraísos de silicona.

Cierta línea de sicólogos[1], además de grupos feministas[2] y religiosos[3] (sí, degenerado lector, ¡juntos! ¡JUNTOS…! Bueno, algo así…), por otra parte, piensan que lo único que hace el porno es degradar tanto al ser humano como al sexo, ya que este es un acto bello, noble y puro, encaminado a la suprema complementación espiritual del hombre con la mujer, que produce como resultado la “gratificación” (o sea, el placer, rico, rico, rico)… ¡ah, cierto!, y también sirve para tener hijos.

Yo, como soy todo un Salomón, le recomiendo que haga lo que le dé la santa gana; si es un poquito morboso y voyerista, vaya a su tienda favorita y compre la película más cochina que tengan en stock (no se baje la versión pirata del Internet porque puede adquirir una enfermedad venérea… su computador), y, si, en cambio, piensa que el sexo es sagrado, funde un culto, similar a la Iglesia Marodoniana, donde se adoren falos y vaginas (¡en la India ya se le adelantaron en más de dos mil años!).

Movimiento feminista de España protestando contra la degradación sexual de la que se hace apología en este blog.

Para finalizar esta erupción de majaderías, quiero hacerle caer en cuenta que la pornografía nos ha enseñado mucho y que el valor de dichas enseñanzas quedará para la posteridad, igual que la invención de la escritura o la rueda. Por eso, a continuación publico una lista de las cinco cosas más importantes que hemos aprendido del porno:

1)   Siempre que quiera tener sexo, pida una pizza o llame a un fontanero.

2)   Es imposible (y léase bien: I-M-P-O-S-I-B-L-E) tener relaciones sexuales si el hombre se saca los calcetines y la mujer, los zapatos.

Esta es la cara que puso Tori Black cuando le dije que la amaba (lo siento, no pude contenerme, ¡tenía que subir otra foto…!)

3)   La mujer que quiera entablar un “escarceo erótico” debe usar botas o zapatos TRANSPARENTES y con taco muy, muy, muy alto.

4)   Si usted, lector, desea que su pareja le haga una felación, es necesario, ¡INEVITABLE!, que compre una buena colección de discos del hip – hop más vulgar o del techno más extraño, pues NUNCA se ha visto una escena de sexo oral que no tenga música.

5)   Engañe a su pareja, pero siempre asegurándose de que ella – o él – lo capture con las manos en la masa porque el resultado SIEMPRE será el mejor ménage à trois de su vida.

 

 

¬¬


[1] Si usted es de los que pierde el tiempo en cosas largas y aburridas aquí está el texto respectivo. De todas maneras, me veo en obligación de advertirle que si lo lee, corre el riesgo de decepcionarse de la “sexualidad”, abandonándola para hacerse monje en los montes Athos.

[2] Aunque incluso ellos tienen criterios muy divergentes, aquí un artículo sobre el tema.

[3] En el caso de la religión no se puede generalizar (seguramente habrán oído hablar del Tantrismo, donde el sexo, ¡en realidad!, es una forma de elevación cósmica – yo siempre lo supuse pero nunca lo dije –), sin embargo, les dejo un video sobre la posición islámica (no esperen mucho porque la mujer que lo “protagoniza” divaga demasiado), y un texto sobre la posición católica.

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2 comentarios sobre “La pornografía, esa sabia maestra

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