El infierno con Dante

Chifa del señor Nifú Nifá, recomendado para los paladares más exigentes.

Yo fui el primer sorprendido al descubrir que la entrada al infierno estaba en un restaurante chino (y es literal).

Todo empezó cuando entré al chifa del señor Nifú Nifá, el 5 de enero a las dos de la tarde; la verdad es que me decidí por ese sitio porque fue el único que ofrecía un plato de comida y un vaso de té helado por menos de tres dólares (¡ay, mi boyante economía!).

Mientras esperaba mi almuerzo, me puse a observar el aspecto del local, percatándome que era un sitio bastante acogedor (más allá de las paredes negras y llenas de moho; las tuberías herrumbrosas, que habían sido colocadas morbosamente sobre los muros y no dentro de ellos; y, la cortina de baño que separaba el comedor de la cocina, en donde, por cierto, se escuchaban maullidos desesperados).

El mesero, un chino que, fuera de cuatro palabras (coca, cola, chaulafán, gato), hablaba siempre en cantonés, me sirvió el almuerzo, al tiempo que se reía macabramente.

— Disculpe, ¿dónde está el baño? – pregunté cuando, después de haber terminado con la comida, un dolor intenso (como si mi intestino estuviera desprendiéndose) empezó a torturarme.

— No baño, “infielno” – dijo el señor Nifú Nifá, extendiéndome un papel con la cuenta.

Aprovecho esta oportunidad para rogarles encarecidamente que no se tomen más fotos en los baños, es grotesco.

Con una mano sobre el abdomen y la otra donde termina la espalda, busqué el servicio higiénico, encontrándolo, para mi sorpresa, junto a la salida, en el lado izquierdo, contrario a la lógica convencional que indica que siempre debe estar al fondo y a la derecha (¿será porque los chinos viven en las antípodas?). La puerta del “tocador” no se abría con facilidad, de hecho pugné con ella por cinco minutos, y cuando al fin cedió, el problema fue volver a cerrarla.

Sin embargo, la verdadera pesadilla estaba por empezar: luego de que conseguí bloquear la entrada, el cuarto de baño, por arte de birlibirloque, se transformó en un ascensor que se puso a descender velozmente, deteniéndose sólo varios minutos más tarde, cuando mis entrañas clamaban por piedad o vendetta.

— ¿Dónde estamos? – le pregunté al primer sujeto que hallé fuera del baño/ascensor; un tipo vestido con capucha y una especie de túnica roja (yo supuse que era un actor de teatro experimental o ‘drag’, que básicamente es lo mismo).

— En el infierno – contestó.

— El infierno está en mi estómago… se lo suplico… un baño.

— ¿Qué es eso? Aquí no hay ese tipo de comida; mejor, déjeme guiarlo por este terrible antro, joven, y así podrá contarle a los mortales qué es lo que les espera.

— ¡BA-ÑO!

— No, mi nombre es Dante y estoy aquí por culpa de mi ira, egolatría, falsa amistad y presunción; ¡ahora, sígame!

¿Actor de teatro experimental o ‘drag’?

Resignado, obedecí a ese demente, quien primero me señaló una fosa fétida; luego, un valle con carbones encendidos; y, más tarde, una montaña de rocas gigantescas que se desplomaban sobre aquellos que pretendían escalarla.

De pronto, mientras caminábamos por la Pradera de los Imbéciles, se presentó ante nosotros una pareja de amantes que llevaban, por único ropaje, unas capuchas de látex.

— Nos castigaron por tener sexo sin preservativos – dijeron en coro.

Un poco más lejos, apareció un tipo que practicaba aeróbicos, al mismo tiempo que un diablillo se divertía azotándole con ortigas en el trasero para que no se detuviera.

— Yo te conozco – le dije –, tú eres el hombre que vende aparatos y programas para perder peso en tres días.

— Sí, y por eso estoy condenado a utilizarlos hasta que baje diez libras… ¡pero llevo cinco años aquí y no he conseguido reducir ni una onza!

— Démonos prisa – interrumpió Dante –, quiero mostrarte el río de lava donde nadan John Edgar Hoover y Richard Nixon, el basurero donde botaron a Stalin, Hitler, Franco, Mao y Pol Pot, y el pozo séptico donde viven los presidentes latinoamericanos.

— ¡No me interesa nada de eso; por amor a Dios, te lo suplico, UN BAÑO!

— ¿Cómo te atreves a pronunciar esa palabra en este lugar maldito?

— ¿Cuál, baño?

No pudo responderme, pues en ese momento, la tierra tembló, apareciendo enseguida un hombre cornudo y elegante, quien vestía con frac, capa y corbata de lazo.

Se lo ve tan dulce con su traje de etiqueta, ¡cómo crecen y uno no se da cuenta!

— ¡Ah, eres tú! – exclamó con desgano –. Ni siquiera merece la pena castigarte, al fin y al cabo, en un par de años tú serás nuestro huésped más ilustre.

— ¿Y yo por qué?

— Cínico, blasfemo, egoísta, ambicioso, necio, degenerado, vanidoso, violento…

— Bueno, bueno, ya entendí; ahora, ¿puedes prestarme un baño?

— Claro, está al fondo y a la derecha.

Me puse a correr y, en medio de mi desesperación, tropecé con una roca, cayendo al suelo con tal fuerza que perdí el conocimiento.

Al despertar, estaba en un hospital, con dos bolsas de suero conectadas al brazo, una mascarilla de oxígeno en la cara y, junto a mi cama, una enfermera que refunfuñaba:

— Por culpa de estos pendejos que comen basura en la calle, no puedo ir a casa temprano…

¬¬

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