El misterio negro del Príncipe Azul

(Un relato que solamente puede ser apreciado en su medida justa si se lo lee imaginando que lo narra Humphrey Bogart.)

En este dibujo se puede ver al Príncipe Azul antes de que una vieja fea y el amor lo convirtiesen en la víctima de un magnicidio.

Mi nombre es Mickey Man y soy el mejor detective de Estulticia, he resuelto los casos más peliagudos: mujeres celosas que asesinan a sus amantes, mafiosos que “cobran cuentas”, la inteligencia desaparecida de los votantes latinoamericanos, ¡nada tiene misterio para mí! Sin embargo, aquella mañana del 31 de octubre de 2010, una mujer aparecería en mi despacho para complicarme la vida.

Recuerdo que había bebido toda la noche con un sujeto del bajo mundo que me servía de informante y que me dolía la cabeza como si me la estuviesen taladrando. De repente, Honey, mi secretaria, irrumpió en la oficina anunciándome la visita de una mujer.

— Es una preciosidad, Mickey, pero ten cuidado: ¡es morena!

— Tranquila, cariño, a mí me preocupan más las rubias como tú; ¡hazla pasar!

Honey era una buena chica y estaba enamorada de mí, mas, yo la quería como a una hermana; teníamos la relación usual entre el detective heroico y el personaje secundario de toda película de cine “noir”, ese que apenas aparece para contestar el teléfono, abrir una puerta o morir abaleado.

— Señor Man… – dijo entrando una hermosa mujer de pelo castaño.

Me quedé sin palabras, aquella joven – no debía tener más de veintidós años – era la criatura más bella que había visto. Sofisticada, ligeramente tímida y con unos labios que, por alguna extraña razón, me incitaban a pensar en duraznos… jugosos duraznos.

— Tome asiento, por favor, ¿en qué puedo ayudarla? Los maridos infieles son mi especialidad…

— Se equivoca, señor Man…

— Llámeme Mickey, confíe en mí como en un amigo, un pariente cercano.

— Mickey, el encargo no tiene que ver con amantes o esposos, ni siquiera con dinero u objetos robados; se trata de una persona perdida, alguien a quien llevamos mucho tiempo buscando sin poder hallarlo.

— ¿Ustedes?

— ¡Oh, discúlpeme! No me había presentado, soy Gina Lewis, presidenta de la Federación de Mujeres Hartas de los Desgraciados (FEMUHAD), y en el congreso de este mes mis compañeras y yo acordamos contratar a un detective privado para que nos ayude a encontrarlo…

— ¿A quién?

— Al Príncipe Azul, ese caballero apuesto, noble, respetuoso, dulce, masculino, protector, no dependiente, sensible, seguro de sí mismo… En pocas palabras: ¡el hombre perfecto!

Comprendí que la morena no era peligrosa, sino aburrida como me la prohibió el cardiólogo. Sin embargo, acepté el encargo por dinero, ¡las cuentas no se pagan solas, desgraciadamente!

Las chicas de la FEMUHAD siempre actuaban con madurez y además de buscar príncipes azules, tuiteaban y veían American Idol…

Buscar a ese tal Príncipe Azul resultó ser una tarea fastidiosa. Mis informantes del bajo mundo jamás habían escuchado de él y ni en la policía, los hospitales, los prostíbulos o la morgue – los únicos lugares adonde un hombre respetable puede ir a parar –, alguien fue capaz de darme una sola pista. Estaba desanimado porque temía que la señorita Lewis me obligara a devolverle el pago que me hizo por adelantado, dado que yo ya me lo había gastado en mujeres y apuestas ilegales.

La suerte, sin embargo, acudió en mi ayuda y mientras ahogaba mi decepción en un vaso de burbon en un bar de mala muerte, alcancé a ver a una rubia completamente borracha discutiendo con un par de meseros que querían obligarla a pagar la cuenta con dinero o amor.

— La señorita está conmigo – dije sin mirarlos y encendiendo un cigarrillo.

— ¿Y la deuda que tiene con nosotros también?

— No, mas, soy un expolicía y si siguen molestando a la dama, me veré obligado a fastidiarlos a ustedes llamando a mis antiguos colegas para que comprueben que todos los papeles de este cuchitril estén en regla… ¡La burocracia es una basura!

Ambos sujetos intercambiaron una mirada, dejando enseguida a la chica en paz.

— ¿Cuál es su historia? – le dije a la mujer, al tiempo que la examinaba por primera vez.

Era una rubia que alguna vez fue hermosa pero que ahora se hallaba completamente descuidada, hasta llegar al límite de la degradación física y quizás moral. Su vida había sido dura, era evidente.

— ¡No le importa!

— Tiene razón; le recomiendo que no se quede aquí, ya no podré ayudarla más.

No dijo nada, se limitó a observarme con atención como si tratara de descubrir algo oscuro en mi mirada.

— ¿De verdad no quiere nada de mí?

— ¿Qué podría querer? Es claro que no tiene nada.

— No tiene que ser tan grosero, es solo que…

— La ayudé porque me dio lástima, nada más, no pretendo que se acueste conmigo.

— Entiendo, lo juzgué mal.

Su aliento era apestoso y su cabello – mal cortado – estaba sucio y lleno de grasa.

— La verdad es que después de lo que pasó con ÉL, ningún hombre se ha vuelto a interesar por mí.

— ¿A qué se refiere?

— Mi nombre es Rapunzel y viví por muchos años encerrada en la torre de una malvada bruja; un día, un joven, enterado por casualidad de mi existencia, empezó a visitarme utilizando mi largo cabello rubio como una soga para alcanzar la ventana de mis aposentos.

Éramos muy felices hasta que, cierto día, la malvada bruja descubrió a mi amante y, justo en el momento en que él subía a visitarme, decidió asomarse por la ventana haciendo que, del susto, el pobre Príncipe Azul se soltara. Mientras caía, se iba enredando con los mechones de mi cabello, con tal mala fortuna que estos terminaron por ahorcarlo…

De un salto me puse de pie y dije:

— ¿El muchacho se llamaba Príncipe Azul?

Rapunzel asintió con tristeza, mientras yo pegaba un alarido de alegría. Compréndame: ya estaba resignado a almorzar un sándwich de queso durante un mes y este golpe de suerte me había salvado de aquel destino fatal.

¡Esto es lo que quedó de las chicas de la FEMUHAD!

Enseguida fui a reportar mis hallazgos a la señorita Lewis, quien no se mostró muy satisfecha y rehusándose a aceptar las pruebas, salió del despacho para nunca más volver a cruzarse en mi vida. He oído decir que la FEMUHAD se disolvió, convirtiéndose en una organización feminista, enemiga de “los machos falo-centristas”.

Por otro lado, Rapunzel es ahora mi nueva secretaria – Honey me abandonó para fundar su propia agencia de detectives con una tal Miss Marple – y aunque su papel de personaje-secundario-abre-puertas no la hace muy feliz, se ha resignado a condición de que le pague un seguro médico y la aleje de posibles príncipes azules.

¬¬

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6 comentarios

  1. Me ha gustado el relato, muy original, si señor. Por fin se sabe donde ha acabado el príncipe azúl…
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    Un saludo

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