24: el bulevar de la avenida Naciones Unidas

 Esta historia es en tiempo real; los eventos narrados corresponden a lo ocurrido la mañana del viernes 5 de julio de 2013, entre las 8:51 y las 9:15 A.M.

 

Ni Jack Bauer podría sobrevivir a Augusto Barrera.
Ni Jack Bauer podría sobrevivir a Augusto Barrera.

8:51

Salí apresuradamente de mi casa, la misma que se encuentra a seis cuadras del Quicentro Shopping, convencido de que en menos de 10 minutos podría llegar.

Vivo en el séptimo piso de un edificio y usualmente prefiero bajar por las gradas, pero aquella mañana decidí hacerlo usando el ascensor que, casualmente, estaba un piso más arriba. Al abrirse la puerta vi dentro a una gitana con los brazos cruzados.

La gitana, a pesar de verse tan femenina, era ASÍ de fea.
La gitana, a pesar de verse tan femenina, era ASÍ de fea.

— Chico – me dijo apenas hube entrado –, hoy te atrasarás al trabajo, así que mejor no corras.

La ignoré; el fuerte olor a tabaco – o a sudor – hacía que sintiese un instintivo rechazo para con sus vaticinios. Cuando la puerta se abrió en la planta baja, me puse caminar con rapidez, dejando atrás a la adivina que soltó una carcajada.

8:53

Atravesé la puerta del edificio con tal descuido que estuve a punto de tumbar a una mujer mayor que iba acompañada de dos jóvenes de turgentes figuras, cuyo acento me hizo suponer que eran colombianas.

— ¡Papi, relájate! – dijo una de ellas, mientras la mayor me miraba con cara de pocos amigos –; se te ve muy estresado, deberías visitarnos en nuestro trabajo para darte un masajito rrrrrico… Es cerquita de aquí…

Reí nerviosamente y, balbuceando una disculpa, continué caminando.

El ruido de taladros, tractores y maquinaria pesada fue el ave de malagüero que anunciaba las eternas obras del bulevar de la avenida Naciones Unidas. Sin ánimo de ser prejuicioso pensé: “¡estoy jodido!”

8:56:42

Una columna de polvo me recibió en la esquina de la Naciones Unidas y Amazonas. Convertido en una víctima de la tosferina, me di modos para saltar sobre un agujero gigantesco que habían abierto entre los adoquines nuevos para colocar los cables de luz, sin embargo fui incapaz de evadir una piedra que, harta también del Ilustre Municipio de Quito y de sus trabajadores, se elevó con rebeldía del piso, al tiempo que desquitaba toda su ira contra mi entrepierna.

Caí de rodillas como un soldado de la Primera Guerra Mundial herido por las esquirlas de una granada, barbotando toda clase de improperios y juramentos. Un trabajador dijo con voz arrastrada:

— Es tu culpa, ve, por pasar por aquí cuando estamos trabajando.

8:59:15

El bulevar de la Naciones Unidas, una obra crucial que ha demorado en estar lista poco más que la Muralla China.
El bulevar de la Naciones Unidas, una obra crucial que ha demorado en estar lista poco más que la Muralla China.

Crucé la Amazonas sin percatarme que el semáforo aún estaba en amarillo – como todos sabemos, lo adecuado en esos casos es que los conductores aceleren a 100 kilómetros por segundo en vez de frenar o disminuir la velocidad –, salvándome por poco de morir aplastado. No pude evitar, de todas maneras, el florido lenguaje del chófer ecuatoriano, quien, en pocas palabras, vaticinó que moriría de sífilis, al tiempo que mencionaba con cariño tres veces a mi madre.

Dos turistas japoneses que habían presenciado la escena aplaudieron encantados, regalándome luego varias reverencias, seguramente satisfechos por el espectáculo criollo de un transeúnte que escapa de la muerte como un lobo marino de circo saltando a través de aros de fuego.

9:03:01

A la altura del Centro Comercial Naciones Unidas una columna de diez ciclistas estuvo a punto de atropellarme; igual que un torero me puse a evadirlos con sendos naturales, chicuelinas y pases de pecho. El “ole, ole, ole” parecía escucharse a lo lejos, aunque después me percaté de que en realidad se trataba de los gritos desaforados de un vendedor de agua con sábila y miel, quien, desde su cochecito de lata, trataba de llamar la atención de los caminantes:

— ¡Oye, oye, oye, sí tú, tienes cara de borrachito! ¡El agüita de sábila hasta te puede salvar del cáncer de estómago! ¡Oye, oye, oye!

9:06

No había terminado de escapar de los carruajes de dos ruedas, cuando, sin percatarme metí el pie en otro hueco. Caí estrepitosamente al suelo, al tiempo que varios ciclistas, peatones y uno que otro taxista se reían de mi desgracia y de mi falta de savoir – faire quiteño.

El pueblo quiteño atravesando el bulevar en época lluviosa. Sobre una piedra se puede ver al burgomaestre hablando de la "sociabilización de espacios".
El pueblo quiteño atravesando el bulevar en época lluviosa. Sobre una piedra se puede ver al burgomaestre hablando de la “sociabilización de espacios”.

Mientras me ponía en pie con un dolor agudo de nalgas y ego – que para entonces ya estaba más abajo que mis nalgas – observé una de aquellas fotografías que coloca el municipio en el bulevar para solaz del caminante; el gordo de la gigantografía, orondo, sonreía recostado al borde de una piscina, vengándose así de todas las veces que yo me burlé de él.

9:10:25

Oficialmente estaba atrasado, cojo, cubierto de polvo, indignado y probablemente estéril por el piedrazo en mis partes pudendas, sin embargo, hice un último esfuerzo para llegar a mi trabajo.

De pronto, una rana gigante y dos tipos con zancos me cerraron el paso. Me sentí como uno de los caballeros de la Mesa Redonda, solo que sin espada y con un sueldo mínimo y sin demasiados descuentos como único Grial.

Don Augusto nos explica que poco después del Apocalipsis estará terminado el bulevar; adicionalmente afirma que en el caso de verse bonito será obra de él y del Mashi, pero que si, por otra parte, quedase mal, será obra de las administraciones anteriores.
Don Augusto nos explica que poco después del Apocalipsis estará terminado el bulevar; adicionalmente afirma que en el caso de verse bonito será obra de él y del Mashi, pero que si, por otra parte, quedase mal, será obra de las administraciones anteriores.

— ¡Hoy nos volvimos locos! – gritó uno de los zanqueros mientras la rana me escupía cientos de panfletos de colores chillones –. ¡Cincuenta por ciento de descuento en todas las medicinas y veinticinco en artículos para el hogar! ¡Aprovecha, aprovecha, aprovecha ya!

Ni la mala cara, los empujones y la blasfemia espantaron a la rana gigante o a los demonios de patas de palo. El cruzado estaba vencido.

9:15:01

Llegué a mi trabajo cargado de panfletos, con el pantalón roto y cubierto de polvo; resignado a la multa, revisé mi bolsillo y, en seguida, un sudor frío me recorrió la espalda: mi billetera había desaparecido. Al parecer la rana no solo era un batracio capaz de escupir papeles, sino un hábil carterista.

La gitana seguramente debe estar riéndose de mí, mientras mira en su bola de cristal la cara de pendejo que tenía aquella mañana.

¬¬

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3 comentarios

  1. Información Bitacoras.com

    Valora en Bitacoras.com:  Esta historia es en tiempo real; los eventos narrados corresponden a lo ocurrido la mañana del viernes 5 de julio de 2013, entre las 8:51 y las 9:15 A.M.   Ni Jack Bauer podría sobrevivir a Augusto Barrera. 8:51 Salí apresur..…

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  2. Me gustó muchísimo! Muy bueno! Me he reído imaginando cada situación. Pensar que todos los que vivimos en Quito pasamos por eso 😦 ! Yi a los que vivimos cerca nos torturan hasta en la noche!

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