1 de mayo, el día de los autómatas de Čapek

No, no es Nosferatu, el vampiro demonio. Es Karel Čapek.
No, no es Nosferatu, el vampiro demonio. Es Karel Čapek.

Aquel día era feriado, pero tuve que trabajar. Igual que durante sus homólogos de los años 2012 y 2011, antes no porque estaba becado por mi padre – situación que extraño profundamente –.  Durante las trágicas horas en las que sudaba la “gota gorda” en mi empleo mientras otros dormían la resaca en sus casas, me puse a reflexionar sobre el porqué existen vacaciones en los días consagrados a la celebración del trabajo.

Cabría pensar que el 1 de mayo todos debemos trabajar, literalmente, como esclavos, es decir subyugados por sujetos musculosos que nos azoten sin piedad mientras marchamos cadenciosamente sobre el lodo para hacer los ladrillos con los que se construirá la pirámide del faraón Mashi I.

¡Es que en el Día del Trabajo hay que trabajar! Nosotros, los empleados, pasamos el resto del año rascándonos el ombligo. Son aproximadamente 364 días de pereza e inutilidad; ¡qué descaro!

Esta reflexión actuó igual que un desinflamante sobre mi ánimo abatido. Comprendí que yo era uno de los pocos hombres honestos que cumple con su trabajo como un esclavo decente. ¡El resto son Espartacos!

Por lo demás, necesitaba encontrar un camino más rápido hacia la vileza que el simple hecho de trabajar hasta en vacaciones. “¡Eureka!”, me dije, “debo crear un método para que los demás compartan mi entusiasmo por la servidumbre voluntaria”.

Los trabajadores que usualmente se rascan el ombligo, en la obra de Čapek, deciden que ya es hora rascar el ombligo de sus jefes.
Los trabajadores que usualmente se rascan el ombligo, en la obra de Čapek, deciden que ya es hora rascar el ombligo de sus jefes.

Un idea me llevó a otra, recayendo repentinamente sobre el escritor checo Karel Čapek, actualmente un casi desconocido dramaturgo que se las ingenió para crear, contando con la cooperación de su hermano, el término “robot”. No obstante, este no se refería a aquellos artefactos de acero con la capacidad de cumplir toda clase de tareas y a los que, en cualquier momento, se los puede apagar apretando un simple botón. El autor pensaba en realidad en criaturas de carne y hueso diseñadas en una fábrica a imagen y semejanza de los humanos, mas sin la capacidad de soñar o razonar. Eran esclavos armados en un laboratorio.

Čapek visualizó a sus robots – etimológicamente aquella palabra proviene del checo “robota” que significa trabajo – como seres incansables aunque faltos de criterio que, en cierto momento, llegaron a obtenerlo, evidenciando su recién adquirido talento de la forma más brillante: no volvieron a trabajar.

Como es obvio la situación deriva en una guerra civil en la que los jefes esclavistas… quiero decir: jefes – a secas – son liquidados por sus otrora siervos, mientras la mujer que desató el pandemonio al revelarles, cual Prometeo, el valor del raciocinio, funda una nueva raza de criaturas decentes que también tendrán que trabajar como esclavos.

La robótica ofrenda a Čapek.
La robótica ofrenda a Čapek.

El dramaturgo checo fue olvidado poco a poco e incluso maestros de la ciencia ficción como Isaac Asimov le restaron importancia al criticar su incapacidad para definir de forma adecuada las características psicológicas de sus personajes, olvidando quizá que esa era la idea que el autor checo nos quería transmitir – un declarado enemigo del nazismo –: los sistemas económicos y sociales que se consagran a un trabajo exagerado e irreflexivo están condenados al fracaso porque evitan que la gente se cultive, reduciendo a los humanos al nivel de máquinas huecas, sin espíritu e incapaces de crear. ¿Qué profundidad espiritual pretendía hallar Asimov en esclavos idiotizados por la servidumbre? Lo más probable es que su optimismo positivista lo haya empujado a olvidar los riesgos de un mundo lleno de “robots[1]”.

En cualquier caso, cuando viaje a República Checa visitaré la tumba de Čapek para dejar sobre ella un robot de juguete, siguiendo el homenaje que la costumbre a impuesto para con el creador de aquel término, ahora tan manido.

Por lo pronto, sin embargo, me voy a dormir porque mañana tengo que trabajar…

 

¬¬

[1]En la novela La hora veinticinco el escritor rumano Virgil Gheorghiu nos da una escalofriante idea de un mundo sometido a esta clase de “progreso”.

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