Guareschi y las tres narices de los comunistas

Guareschi filosofando sobre la identidad de la primera viuda que protestará por este artículo.
Guareschi filosofando sobre la identidad de la primera viuda que protestará por este artículo.

Cuando El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado lanza sus invectivas y sus dictámenes nadie tiene el derecho de opinar, de lo contrario se arriesga a caer fulminado por el florido verbo de aquel. Cerrando los párpados hasta convertirlos en los ojos rasgados de un Gengis Khan de la línea ecuatorial y sonriendo sardónicamente, como un Guasón costeño, dispara el terrible epíteto: “¡corrupto!”, “¡vende-patria!”, “¡partidocracia!”, “¡gordita horrorosa!” o – el peor de todos – “¡periodista!”.

La reacción tanto de sus detractores como de sus partidarios nunca es la adecuada – es decir, la indiferencia ante la ridícula vulgaridad –; los primeros se exasperan, se sienten ofendidos, anonadados y si fuese posible recurrirían hasta a un duelo para reparar el honor ofendido; los segundos, en cambio, aplauden, festejan, ríen, bailan, cantan, escriben elogios – desde la cómoda trinchera de un escritorio de alguna de las cientos de millones de secretarías que se reproducen por mitosis y que, por arte de birlibirloque o, mejor dicho, por obra y gracia del petróleo caro y abundante, serán publicados en revistas, periódicos o aparecerán durante la retransmisión de partidos de fútbol, telenovelas, etc., etc., etc. –  y HASTA REPITEN orgullosos la ocurrencia soez.

De cualquier forma, que una autoridad pública diga groserías y pavadas no debe admirar a nadie, al fin y al cabo, la bobada de los políticos es algo tan legendario como los pelos de Sansón; pero que el arribismo y la ambición lleguen hasta el punto de haber transformado en tontos sin criterio a toneladas de académicos que antes fustigaban a “los autoritarismos” sin piedad desde las aulas universitarias o las revistas especializadas – en dislates –, ¡es imperdonable!

Don Camillo suplica piedad después  del ataque de las tres narices verdes.
Don Camillo suplica piedad después del ataque de las tres narices verdes.

No me malentiendan, en realidad no estoy juzgando a Fulano, Zutano o Mengano en específico – me encuentro un poco aburrido de las amenazas y de las demandas (por paternidad), así que me conviene aclarar –, mas, al que le quede el guante que se lo chante.

Por lo demás, el “esbirrismo” es algo ridículo y mal visto en toda zona y en todo tiempo. Hace más de sesenta años un escritor y periodista satírico italiano llamado Giovannino Guareschi se burlaba de los comunistas, quienes, en pleno auge del estalinismo, obedecían sin exigir factura cualquier dictamen de la directiva del partido – y a través de esta, de Moscú – por más absurdo que fuese.

Desde la revista Cándido se mofó de que hasta los errores tipográficos eran aceptados como verdad absoluta y de que solo mediante la intervención de algún camarada que, por casualidad, se percató del error, se lograba corregir, pues el resto de entusiastas miembros del partido bailaban con cualquier música – o sin ella, de ser necesario.

Peppone reacciona indignado porque don Camillo se atrevió a afirmar que los monstruos verdes se dicen a sí mismos "socialistas".
Peppone reacciona indignado porque don Camillo se atrevió a afirmar que los monstruos verdes se dicen a sí mismos “socialistas”.

El desprecio hacia la servidumbre intelectual que tenía Guareschi lo llevó hasta el punto de hacer una afirmación que nosotros, los latinoamericanos del siglo XXI, debemos tomar muy en serio, aplicándola a las “nuevas” ideologías de “avanzada”: los militantes son “trinarigudos”; su primera nariz sirve para respirar, la segunda para expulsar el cerebro y la tercera para sorber los dictámenes del politburó.

Yo, convencido de que esta observación inaugurará una nueva concepción evolucionista, cada vez que paso por las sedes de cierto partido – que tampoco debe ser nombrado –, me dedico a observar las morros de esas criaturas verdes e incluso estoy tentado de darles unos golpecitos en sus cráneos para averiguar si aún poseen masa encefálica o si ya es hora de hacer un velatorio.

En cualquier caso, Guareschi nos ha dejado cosas interesantes: desde esa mordaz saga del clérigo don Camillo, quien sostiene tenaces, aunque en el fondo amistosos, combates con Peppone, el edil comunista de cierta localidad imaginaria de Italia; hasta lecciones sobre la mutación nasal humana y, principalmente, una crítica acertada contra aquellos que están dispuestos a renunciar a sus ideales y, sobre todo, a su inteligencia en aras de una obediencia incondicional y, quizá, inmoral.

El diablo paga mal a sus devotos, mis queridos trinarigudos, recuérdenlo…

Aclaración indispensable: no hay ninguna alusión mal intencionada sobre el apéndice nasal de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado – todos sabemos que Voldemort (¡oh no!, ¡ya lo nombré!) no tenía ni una nariz – o sobre su parecido físico con el gordinflón Peppone o con la cara de caballo de don Camillo, pues, como es de conocimiento público, El Innombrable es una estatua de dios griego esculpida por Miguel Ángel.

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