Transparencias

Regresé a casa de Natalia, encontrándola igual que el día anterior: desnuda y llorando en la cama. La examiné con cuidado mientras la saludaba; ¿en verdad era invisible para todos, excepto para mí? Quizá era un producto de mi imaginación…

 

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Hace un año exactamente, invité a Natalia, la mujer de la que estaba enamorado, a conocer a mis amigos.

Esteban, Mauricio, Christian, Byron, Estanislao, ninguno la miraba y, si lo hacían, era con miedo o con burla. Charlaban conmigo, ignorándola a ella.

Procuré que Natalia no se sintiese incómoda, pero era inútil: los silencios, las miradas huidizas, las risitas cómplices hacían evidente el fracaso de la reunión.

— ¿Por qué me odian? – me preguntó mientras tomábamos un taxi.

— ¡Eso no es cierto, corazón!

Natalia nació en Pereira, tenía veintitrés años y era perfecta: sensual, inteligente, dulce; que la despreciaran era absurdo. Esa noche hicimos el amor como si fuera la última vez, quizá presentíamos que algo terrible se avecinaba.

A la mañana siguiente me encontré con Esteban y, al preguntarle la impresión que Natalia le había causado, se puso a divagar, evadiendo cualquier respuesta directa.

— Está bien… Un poco callada, ¿no? – aventuró.

— ¡Carajo! Si ustedes se portaron como desgraciados, ¿qué esperabas?

— No la tratamos mal, es solo que nos pareció un poco ausente…

Me sentí fastidiado y me marché. “Deben estar muriendo de celos por mi colombiana”, me dije como consuelo; lo cierto es que me corroía la desazón.

Caminé por horas, paseando por librerías y cafés en busca de un ser humano que fuese capaz de decirme que admiraba mi buen gusto, que Natalia era la mujer perfecta, que yo era un afortunado, pero la ciudad estaba vacía. Quito era un pueblo fantasma. No había autos ni transeúntes, ni siquiera perros callejeros. Solo se atrevió a acompañarme aquella corriente helada de aire que sopla en la capital cuando amenaza la tormenta.

Sonó el teléfono celular; era Natalia, quería verme.

Fui a su casa, la puerta estaba sin cerrojo; la hallé tumbada en su cama completamente desnuda y llorando. Me costó mucho hacerla hablar.

— ¡Todos me odian porque soy extranjera!

— No entiendo, amor; ¿qué te ocurre? Anoche te dije que no me importa lo que piensen mis amigos…

— No me refiero solo a ellos; todos me detestan: en la farmacia, en el restaurante de la esquina… ¡Hasta tú!

— ¿Qué dices? Pero…

— ¡Lo sé, lo sé! Llegará un momento en el que, con cualquier pretexto, te irás.

Traté de calmarla, fue imposible. Natalia no paraba de repetir que por ser extranjera, jamás la aceptarían.

— ¡Siempre habrá un abismo entre nosotros! – dijo zanjando el tema.

Luego, el sueño la venció. Permanecí sin pegar el ojo durante la noche, marchándome al trabajo apenas hubo amanecido.

Quito había resucitado. “¡Hoy todo irá mejor!”, me dije. Las calles rebozaban de vida: cláxones de autos retumbaban como truenos, al tiempo que los gritos de los vendedores de periódicos y el choque de los tacones herían los tímpanos. Recuperé la confianza, convenciéndome de que Natalia reiría nuevamente como lo había hecho la jungla de cemento.

Al cruzar la avenida Colón, la voz de Estanislao me detuvo.

— ¿Cómo estás?

— Bien, aunque aún me fastidia lo que pasó la otra noche.

Hizo una mueca extraña.

— ¡Ah, eso! No fue nada…

— ¡Claro que sí! – me ofusqué –. ¡Natalia es mi novia y ustedes la trataron pésimamente!

— Hermano, tú sabes que a veces la gente es demasiado transparente y eso no es del todo bueno… – sentí que se burlaba.

— ¿Transparente? ¡No fastidies!

Ambos callamos por unos segundos.

— ¿Qué es lo que les pasa? No entiendo.

Suspiró.

— ¿De verdad no lo sabes?

— ¿Qué cosa?

— Hermano, solo hay dos opciones: o tú perdiste la cordura o la perdimos nosotros, porque nadie, aparte de ti, puede ver a Natalia.

Estallé en carcajadas y no me detuve hasta percatarme de que el rostro de mi amigo permanecía inmutable, contraído en una expresión de lástima.

— ¿Pretendes que me trague ese cuento? No solo que puedo verla; la toco, la escucho, ¡es mía!

— Parece que exclusivamente tuya.

Nos despedimos.

Me debatía entre la duda y el abatimiento.

Regresé a casa de Natalia, encontrándola igual que el día anterior: desnuda y llorando en la cama. La examiné con cuidado mientras la saludaba; ¿en verdad era invisible para todos, excepto para mí? Quizá era un producto de mi imaginación… Me acerqué y al besarla, mordí sus labios con violencia.

Gritó.

— ¿Qué te pasa? ¿Estás loco?

No había duda: no era una alucinación, estas carecen de sensibilidad nerviosa, son inmunes al dolor.

— Lo siento, mi vida, es la pasión…

— Te noto raro – murmuró, reanudando los sollozos –, seguro que estás pensando que esta relación no tiene ni pies ni cabeza.

Sin responder, seguí contemplándola. No era invisible, ¡era perfecta! Su cuerpo, su cara, su voz, todo… Cada músculo, vena, hueso estaba en el lugar correcto: Natalia era una obra de arte, la mujer más bella que había conocido.

— ¡Tienen envidia, eso es todo! – exclamé.

Hicimos el amor.

Aquella noche dormí profundamente, refugiado en sus brazos y solo desperté cuando el sol de las diez de la mañana entró por un resquicio de las persianas para agredir mis párpados sin piedad. Natalia no estaba a mi lado; la llamé y, desde el baño, contestó invitándome a entrar en la tina con ella.

Obedecí. Ella esperaba dentro sonriendo con coquetería; nos fundimos en un largo beso y al instante en el que iba a meterme en el agua, miré de casualidad al espejo. Un alarido escapó de mi garganta. Natalia no se reflejaba en el cristal.

Como loco, salí y me puse a buscar espejos pequeños, grandes, medianos y los lleve al cuarto de baño, mientras Natalia los miraba con desconcierto. Ninguno reproducía su perfección.

Mis amigos no mentían: era el amante de una mujer invisible.

 

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