En mi cumpleaños conocí a un bombero pirómano

¡No, pese a las apariencias, no es una oficina de la SECOM!
¡No, pese a las apariencias, no es una oficina de la SECOM!

Hasta los 18 todos quieren cumplir años, pasada esa línea lo ideal es incumplirlos. El 16 de agosto de 2014 me levanté muy temprano, era una mañana soleada y yo anhelaba tomar una copa de Vino del estío para olvidar que era mi cumpleaños; no obstante, hacerlo solo implica pisar con audacia el territorio del alcoholismo y, seamos sinceros, no es un Remedio para melancólicos. Pensé entonces en recurrir a mis amigos, mas todos estaban de viaje y tuve la sensación de que este era El verano de la despedida, pues cada uno de ellos había tomado un rumbo diferente después de tanto tiempo.

Desayuné con prisa mientras el teléfono móvil no paraba de sonar notificándome sobre los parabienes que amigos y enemigos soterrados me enviaban por Facebook y Twitter. No voy a negar que envanecí. Tomé luego el periódico y me puse a leer como un Hombre ilustrado. Había advertencias de seguridad por los temblores en Quito, además de una creciente preocupación por los incendios forestales de Ahora y siempre. Me llamó la atención en especial la historia de un fogonazo que hubo Mucho después de medianoche en las colinas que circundan el valle de Tumbaco, aunque no puse mucha atención porque, como dijo la santa quiteña – A ciegas, toda vez que la República del Ecuador no existía por aquella época –: “el país perecerá por los malos gobiernos, no por los desastres naturales”.

Salí de casa para ir al trabajo y pude darme cuenta de que la construcción del edificio de la esquina está cada vez más avanzada, los Fantasmas de lo nuevo amenazan con llenar la “carita de Dios” de horribles forúnculos de concreto de treinta pisos. ¿Acaso los extraterrestres escribirán en sus Crónicas marcianas que arruinamos la paz y nuestra Maquinaria para la alegría en pos de un discutido progreso?

Caminaba por el bulevar cuando un hombre que iba en dirección contraria chocó conmigo; parecía contrariado.

— ¡Tenga cuidado! – me dijo en un español salpicado por el acento estadounidense.

Más rápido que el ojo, el instinto de supervivencia me hizo sospechar que su Maravilloso traje de color vainilla era el disfraz tras el que ese individuo ocultaba El signo del gato, es decir aquel que supuestamente llevan todos los hombres que han vencido a la muerte – según los egipcios antiguos, estos felinos son las únicas criaturas capaces de desafiar a Tánatos –. Lo dejé pasar y acelerando el paso seguí mi ruta.

Al llegar a la librería donde trabajo un sujeto miraba los estantes. Me molestó, al fin y al cabo faltaba media hora para la apertura y un curioso ya pretendía importunar mis labores de limpieza.

— He venido a poner estos libros a la temperatura de Fahrenheit 451 – exclamó –, haciéndolos arder porque el precio del conocimiento es la tristeza.

— ¡Esos son Cuentos de dinosaurios! – atiné a decir nerviosamente.

— ¡Falso!, la gente por fin lo ha comprendido: ahora casi nadie lee y grita igual que un general franquista: “¡muera la inteligencia!”

Tuve un escalofrío y algo, tal vez El ruido del trueno, me hizo comprender que fuera el sol había desaparecido para dejar paso a una tempestad de verano. El hombre, aprovechando mi distracción, abrió una maleta que tenía a su lado y era Algo más en el equipaje que ropa lo que llevaba: un lanzallamas.

"Cada día me levantó y camino por un campo minado, el campo minado soy yo y, tras la explosión paso el resto del día juntando los pedazos." Happy birthday, Ray!
“Cada día me levantó y camino por un campo minado, el campo minado soy yo y, tras la explosión paso el resto del día juntando los pedazos.” Happy birthday, Ray!

Quise pedir ayuda, nadie estaba cerca. De repente, cuando creí que ya no existía salvación, el turista con el choqué unos minutos antes en el bulevar apareció diciéndole al pirómano:

— Los bomberos como tú deberían apagar los incendios y los hombres leer los libros en vez de quemarlos. ¿Cuántas veces De la ceniza volverás?

El incendiario gruñó algo e iba a echar a correr, pero un gato le cerró el paso.

— ¡Infeliz, sabes que los detesto! – dijo esfumándose al instante.

“Estuve con algo mucho peor que un bombero pirómano”, pensé. El extranjero sonriendo – había perdido la expresión de contrariedad – se puso a explicarme que él en otro tiempo fue un escritor y que pudo vencer a la muerte comiendo Las doradas manzanas del sol.

— Ahora ya no gano ni pierdo años, he alcanzado cierta inmortalidad: la de los libros; no se trata de gloria o fama, solo de una recompensa por haber luchado contra la indiferencia y la incultura.

— ¿Cuál es su nombre?

— No importa – dijo –, le recomiendo, eso sí, que no sufra por su edad; si siguiese entre los mortales, el 22 de agosto hubiera cumplido 94 años.

Tras darme una palmada en la espalda se marchó y yo seguí Vivo en lo invisible.

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4 comentarios

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