Un idilio verdaderamente bobo

L'amour fou!
L’amour fou!

No es que sea feo, mi nariz es un poco grande ancha y torcida, pero nada más. Bueno, también está esa verruga marrón que tengo en la mejilla derecha… ¡Ah! Y los dientes torcidos y amarillentos… Porque no creo que el estrabismo, el tartamudeo o las jorobas sean relevantes.

Soy apuesto, no hay duda. Si algún defecto poseo es mi pobreza y esta es la responsable de mi mala fortuna en el amor. Por eso, me suscribí a un programa para aprender inglés y hacer amistades por correspondencia en los Estados Unidos.

Tuve suerte. Mi primer contacto fue una muchacha de veintitrés años nacida en Montgomery, Alabama, quien buscaba a su Rodolfo Valentino en Sudamérica.

Me dediqué, entonces, a crear el disfraz adecuado, enamorándola sin dificultad.

Sus cartas estaban llenas de pasión. Ofrecía llevarme a fiestas con jazz, bailes hasta el amanecer y alcohol de contrabando. Incluso escribió que su padre me adoraría.

Alguna vez leí que el amor es milagroso. No hay duda. Cada mañana, yo me sentía más bello y mis poquísimos defectos eran lunares que aumentaban mi sensualidad.

Compré el libro de gimnasia de cierto atleta sueco, me puse a entrenar hasta la agonía y, a la mañana siguiente, no pude levantarme de la cama. No volví a intentarlo.

Las cartas siguieron llegando, aun durante mi convalecencia – que para la gringa, fue una cogida  mientras toreaba – y nuestro amor se hizo cada vez más intenso.

Transcurridos dos meses, me dijo que su padre y ella vendrían a Ecuador para conocerme y hablar de matrimonio. Quiso una foto y la dirección de mi casa. Estaba acabado. Sin embargo, me dije: “nuestro amor es demasiado intenso como para destruirse por una simple mentira”.

Envié la fotografía de un hombre que promocionaba agua de colonia en una revista cubana y más mentiras.

Mi gringa iba a llegar dentro de un mes. Practiqué boxeo, empeñado en mejorar mi condición física, hasta que uno de los entrenadores me sacó tres dientes con un solo jab y no volví a intentarlo.

Acudí también a un médico para pedirle medicamentos que hagan crecer el pelo en la coronilla o, al menos, una dieta que eliminara los granos del cuello. Se rió y no volví a intentarlo.

Los días previos a la llegada de padre e hija, les envié varios telegramas, pero su silencio fue total.

Esperé la respuesta por semanas. Una tarde, sin embargo, decidí escribir la carta de rompimiento con la gringa. Me costó mucho, mas, cuando estuve contento con el resultado, la coloqué dentro de un sobre, guardándola en el baúl de siempre, con las otras.

Hay miles y todas, incluso las de mis amantes, las he escrito yo…

¬¬

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Un comentario

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