Hogueras de vida

En Ecuador, ya nos aburrimos de quemar muñecos de políticos porque, pese al esfuerzo, estos resultan, cada año que pasa, más malos que los anteriores.
En Ecuador, ya nos aburrimos de quemar muñecos de políticos porque, pese al esfuerzo, estos resultan, cada año que pasa, más malos que los anteriores.

Sé que se acerca el fin de año por cómo me miran los jóvenes en la calle.

Lo peor es que no solo los desconocidos están dominados por esa ansia violenta en contra de mí. Hijo y nieto, sangre de mi sangre, también me odian y desprecian.

A veces me pregunto si se trata de paranoia – ¡los viejos le tememos a todo! –, pero no creo: ellos también quieren matarme.

Lo bueno es que después del 1 de enero, el agua retorna a su cauce. Mi familia vuelve a ser buena conmigo y en la calle lo peor que puede pasar es que me ignoren. Acaso seguiré siendo odiado, pero con la máscara de amor y ternura que se pone la gente de bien.

He tratado de buscar un refugio para esos dos días – a pesar de que sé que la muerte sería el fin de mis achaques y de la soledad, me aferro a la vida como las cucarachas de la cocina –, pero en cualquier sitio que piso, la mirada asesina de la juventud aparece, recordándome que soy uno de los condenados, tal vez no de este año, pero sí del próximo.

Es mejor encerrarse en la habitación con cerrojo y ver la televisión… ¡No, mejor no! Los noticieros pasan a cada instante noticias de un jubilado que ha caído víctima de la vorágine, del desespero que tiene la vida por asesinar a la muerte.

En este instante, mientras escribo, oigo golpes que acompañan a los alaridos y las súplicas de otros viejos que, como yo, se rehúsan a morir incinerados.

Parece que la costumbre se originó en el siglo veinte. Los ecuatorianos quemaban muñecos rellenos de periódicos o aserrín cada fin de año, esperanzados de que lo malo desaparecería con ellos. Con el transcurrir de los siglos, se cambiaron los monigotes por ancianos de carne y hueso, seguramente porque la gente se aburrió de ver reflejada la muerte en sus arrugas.

Aunque tengo miedo, los comprendo: yo también fui uno de aquellos jóvenes que incineraban viejos.

¬¬

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4 comentarios sobre “Hogueras de vida

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