Muerte al atardecer

“¡Escribo para mí!”, se defendió el joven poeta peruano antes de que alguien pensara siquiera en hablarle durante el recital.

Su paisano era diferente. Hablaba con soltura de cervezas, musas, vagabundos y hasta se reía, esforzándose en bajar del pedestal de la Universidad San Marcos.

Poetas urbanos contemporáneos...
Poetas urbanos contemporáneos…

El primer poeta respondía con un no sé categórico a cualquier pregunta que le formularan, perplejidad socrática tan admirable como banal. Si le decían “¿por qué empezó a escribir?”, respondía “no sé”; si le cuestionaban sobre el amor o la guerra, “no sé”. ¿La poesía, el arte, su vida?, “¡no sé, no sé, no sé!”.

Acaso Odiseo debió sentirse igual cuando enfrentó a la esfinge.

Esa actitud hierática provocaba en el público complejo de enanismo, como si fuésemos parte de una jungla microbiana a la que ese gigante de 1 metro 65 centímetros y no más de veinte años se acercaba con microscopio y forrado con preservativos de látex ultra resistente.

El otro poeta nos dijo que el día anterior estuvieron en una fiesta con su editor ecuatoriano y otros colegas. Había corrido la cerveza y ambos tenían resaca. En la cara de alguno de los asistentes se pudo detectar la sorpresa: “¿beben los poetas?, ¿no dice la ‘profe de lite del cole’ que los escritores son angelitos pulcros y castos que predican moralidad y buenas costumbres?”

En medio de estas lindezas, el editor sugirió que leyesen sus poemas. La sensación general fue que la biblioteca se transformaba en una plaza de toros y que aquella había sido la llamada al ruedo para el inicio de la faena.

El más joven acometió al primer toro de la tarde con desgano, sin arrimarse al pitón de la bestia poética. Era un torero diva en plaza de pueblo. Luego de dos o tres desplantes exagerados y de poco brillo, despachó al animal sin pena ni gloria y solo después de que su editor le tocara tres avisos, indicándole que debía pegar el micrófono a la boca, pues no se le escuchaba.

Su colega entró con más enjundia al ruedo. Se notaba cierta torpeza en sus lances, pero había audacia y entrega. Resolvió el último tercio de la lidia con un par de versos efectivos aunque no extraordinarios.

Machado te dice: "quiero una big mac sin cebollas, papas y cola agrandadas, un McFlurry y una orden nuggets para llevar".
Machado te dice: “quiero una Big Mac sin cebollas, con papas y gaseosa agrandadas, un McFlurry y una orden de nuggets para llevar”.

Este matador no era frío. Por el contrario, vigoroso y eso que hablaba de temas mucho más distantes de los que habitaban en la poesía de su compañero, quien escribía de la madre, el amor y el sexo con la misma frialdad con que un profesor de matemáticas dicta a los colegiales: “en un bus viajan x número de estudiantes…”

El tercero y el cuarto de la tarde llegaron después de una confusa rueda de preguntas en las que se escucharon cuestionamientos del tenor de “¿cómo se llama la chica que te inspira?” o “¿por qué los poetas escriben difícil y no sencillo para que entendamos?”.

No hay mucho que decir de la faena de ambos matadores en esta ocasión, salvo que al más joven casi no entra al ruedo. Solo la invitación un tanto indignada de su editor lo persuadió.

El penúltimo de la tarde fue el mejor. Al poeta más joven por fin le llegó el estro. Probablemente quiso cortar un par de orejas con su faena y por la expresión de los asistentes es evidente que hubieran colaborado con él, emulando todos a Van Gogh.

El caso es que el matador acometió a la fiera poética con bravura, con los desplantes propios de un Manolete literario y remates de pecho, gaoneras y una que otra chicuelina. La bestia, no obstante, se resistía y los versos sonaban a veces a bufidos o a quejas desesperadas.

El público de la plaza contemplaba maravillado la faena, incapaz de escoger una reacción adecuada: espanto (al empezar), alivio (al concluir) o indignación (en cualquier momento). El otro matador intentó arrancar con la lidia del sexto de la tarde, pero desistió al notar que, en medio del frenesí, su compañero no solo había despachado a su bestia poética, sino también a la de él.

Como no había botellas o almohadones que lanzar al ruedo, salimos todos en silencio del coso – biblioteca como en un velorio y acaso era lógico, al fin y al cabo “algo” había muerto ese atardecer.

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