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El color de los tulipanes

31 Oct
Amaterasu, la diosa del sol

Amaterasu, la diosa del sol

El estudiante japonés era brillante. La Sorbona lo becó para que obtuviera un doctorado en literatura inglesa.

Los profesores lo admiraban por su capacidad para los idiomas y su gran cultura.

Con frecuencia hipnotizaba a sus compañeros con historias sobre Japón, plagadas de máscaras demoniacas, festivales de fertilidad, guerreros y haikus.

Las mujeres lo veían como a un ser mitológico: feo, pero misteriosamente atractivo.

La noche en que la estudiante holandesa fue a su casa para cenar, el cielo estaba despejado en París. Era junio, la primavera daba paso al verano.

Ella se sentó a la mesa. El estudiante japonés le había ofrecido comida típica.

Hablaron de Amaterasu, la diosa del sol.

— Se encerró en la Cueva Celestial y el mundo quedó en penumbras.

Le dijo que todo moría por la falta de luz.

La holandesa quiso saber cómo hicieron para que la diosa saliera de la cueva.

El japonés fue a la cocina y ella volvió a preguntar.

— Con un espejo – dijo al fin.

De pronto, un estruendo y luego, silencio.

Días más tarde, la policía descubrió a un hombre intentando sumergir dos maletas en el lago del Bosque de Bolonia.

Lo detuvieron.

En la estación, declaró que la carne humana era suave como el atún y la grasa, amarilla como el maíz o ciertos tulipanes.

— Me llamo Issei Sagawa y soy poeta – concluyó.

La Venus del cuadro

27 Sep

Botticelli

La esposa de López veía con preocupación como su marido se encerraba en el estudio hasta altas horas de la noche para trabajar en una misteriosa pintura. Ahora el arrepentimiento la consumía, pues fue ella misma la que lo alentó un par de meses atrás a retomar sus obras, largo tiempo abandonadas por una crisis creativa.

— Emilio – le dijo un día mientras desayunaban –, ¿por qué no descansas un poco? Desde que empezaste a pintar ese cuadro, casi no nos vemos.

— Laura, no exageres; comemos juntos y en la noche…

— Claro, pero te acuestas tan tarde que, por lo general, ya me he dormido cuando subes a la habitación.

El artista guardó silencio. Comprendía la amargura de su mujer, mas, estaba atrapado… Ella lo había atrapado.

— No te preocupes – aventuró, al fin –, pronto la pintura estará terminada.

— ¿Cuándo?

— No sé; hoy o mañana.

Laura hubiera querido creerle. «¡Dios!, ¿por qué tiene que ser tan transparente?»

El resto del desayuno se fue entre agudos silencios y miradas opacas. Luego, López volvió a desaparecer tras la puerta del sótano que utilizaba como estudio.

«Tengo que hacer algo o lo voy a perder, estoy segura», pensó Laura, sin saber a ciencia cierta qué era lo que le ocasionaba esa mezcla de celos, curiosidad y dolor.

Tratando de hacer el menor ruido posible, apegó la oreja a la puerta del sótano, empeñada en escuchar algo que le permitiera comprender la obsesión de su marido.

Al principio, silencio; luego, pudo oír algunas palabras entrecortadas, exclamaciones y gemidos. «¿Qué? ¡Maldita sea! ¡No entiendo bien!»

— … Es que siento pena – se escuchó.

— ¿Pena? ¿De ella? – dijo una voz dulce, femenina.

«¿Con quién habla? Debo saber quién es esa mujer?»  Suavemente, giró el picaporte – el seguro no estaba puesto –, y deslizando la cabeza por un resquicio, se puso a mirar el interior de la habitación. Casi todo estaba oscuro y apenas una mortecina luz amarilla iluminaba un rincón donde se había colocado un caballete, sin embargo, ni su marido ni la mujer aparecían.

— Tú eres sólo mío – volvió a hablar la voz femenina.

— No comprendes, es que…

— ¿Qué?

— ¡No puedo hacerle esto!

— Entonces, ¡olvídate de mí!

— No – murmuró el pintor.

Laura estaba abatida. Tras cerrar con suavidad la puerta, caminó hasta la sala, sentándose luego en el sofá, donde permaneció por varios minutos, llorando en silencio.

— Debo hacer algo – se dijo, al fin.

Movió la cabeza; buscaba una respuesta. Entonces sus ojos se posaron sobre un filoso cuchillo. «¡Eso es!», pensó, mientras, temblorosa, lo cogía.

Con la frialdad que tiene aquel que ha tomado una decisión fatal, fue hasta el sótano sin hacer el menor ruido y al franquear la entrada, escuchó a la mujer decir una vez más:

— La dejas o te olvidas de mí.

— Está bien, voy contigo – dijo López.

— ¡No, no, no! – gritó Laura, bajando las gradas lo más rápido que le permitían sus piernas.

La frialdad se había esfumado. Una ira incontrolable la obligaba a derribar los caballetes y a rasgar los lienzos, al tiempo que su boca soltaba toda clase de imprecaciones. Sólo el cansancio pudo detenerla.

— ¿Dónde están? ¿Dónde? – interrogó agotada.

No había señal de los amantes.

— ¿Escaparon…?

De repente, su mirada descubrió el único cuadro que pudo librarse de su venganza. Era el más grande y se encontraba en un rincón del sótano, protegido por la oscuridad. Con el cuchillo en alto, la mujer se acercó. Las tinieblas le impidieron ver con claridad la pintura, sin embargo, repentinamente, un intenso haz de luz entró por una claraboya, iluminándolo todo.

— ¡Dios mío! – alcanzó a murmurar Laura antes de caer desmayada.

Su marido, el pintor Emilio López, aparecía dibujado – ¡atrapado! – en el cuadro, junto a una hermosa mujer rubia, semejante a la Venus de Botticelli, que lo arrastraba hacia una isla llena de sirenas y faunos.

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