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No está ni tibio: una introducción brevísima a la ciencia ficción

1 May

Capitán Protón, “holonovela” de Star Trek Voyager.

La vida puede llegar a ser algo muy aburrido: levantarse, ir al váter, tomar un café, ir a trabajar, regresar a casa, ir al váter de nuevo, acostarse y, después, repetir la secuencia por trescientos sesenta y cinco días.

El tedioso trabalenguas anterior es el resumen de la vida en el mundo contemporáneo y, probablemente, a lo largo de la historia.

Porque, claro, los libros hablan de los descubrimientos, conquistas, viajes, héroes y heroínas, pero la verdad es que el mortal común y corriente siempre ha estado sumido en sus luchas diarias por llevar un pan a su mesa.

Por eso, crear historias es una necesidad, un plan de evasión justo y necesario, nuestro deber y salvación.

La ciencia ficción cumple con ese rol aunque usando diferentes maquillajes y es natural: el futuro preocupa.

¿Cómo será? ¿Existirán robots, naves espaciales? ¿Humanos?

La etiqueta de “ciencia ficción” es más bien del siglo veinte, pero mucho antes los narradores orales y escritos jugaron con las posibilidades de viajar al espacio, de vivir debajo del mar o modificar el futuro con una reescritura del pasado.

“El viaje a los Imperios del Sol y la Luna” de Cyrano de Bergerac (Imagen tomada de la página Viajes con mi tía).

Cyrano de Bergerac, por ejemplo, en el siglo diecisiete, se montó en una especie de trineo tirado por gansos y fue a parar en  la luna y el sol.

Filósofos han creado ciudades en esa estrella desde la Edad Media y hasta Kepler vio lunáticos – habitantes de la luna, quiero decir.

De todas maneras, hoy, la ciencia ficción está más de moda que nunca. Es una vieja costumbre que no se perderá jamás y menos en tiempos como el actual, en que la humanidad patojea entre la mediocridad de la vida diaria y la violencia y la maldad de la geopolítica, la economía y varios etcéteras.

Tal vez el génesis de nuestra remozada pasión por la ciencia esté en el despunte que tuvo la ciencia desde la publicación de los tres artículos de Einstein, a principios del siglo veinte, que revolucionaron la manera de ver el mundo.

Antes, hasta 1870, se creía que los humanos habían llegado al culmen del conocimiento, pero el físico alemán dijo desde una oficina de patentes: “¡no están ni tibios, mijiticos!”

Bueno, tal vez no fueron esas palabras exactamente.

El caso es que la revolución científica y tecnológica despertó la curiosidad de todos, sin importar si se trata de un Zutano que sabe de física cuántica o un Mengano que no sabe ni siquiera productos notables.

Algunos ven el futuro con asombro, otros con miedo, pero a todos nos llama la atención y el surgimiento de medios como el cine, la radio y la televisión – que, de por sí, parecen inventos de ficción científica – son como los ingredientes de una receta que los narradores, buenos y malos, han aprovechado.

Se puede hablar de diferentes ciencias ficciones: una fuerte y otra suave, es decir, muy rigurosa, enfocada en detalles científicos, la primera, y otra más elucubradora, no tan precisa, como es la segunda.

También se puede hablar de ciencias ficciones enfocadas en viajes a planetas o universos distantes – “space operas” –, de distopías, utopías, ucronías o, lo que es lo mismo, relatos que se enfocan en presentes alternos donde, por ejemplo, los nazis triunfaron en la Segunda Guerra Mundial o el Deportivo Quito ganó la final del Mundial de Clubes ante el Real Madrid.

Tierras idílicas o catastróficas. Humanidades extintas o idiotizadas. Cyberpunk – al estilo Matrix – o Post Cyberpunk, el abanico de posibilidades es interminable.

El hecho es que la ciencia ficción está allí porque somos curiosos, soñadores, pero también inconformistas y a veces hasta negativos.

De todas maneras, este cóctel no es malo, sino un combustible que ha impulsado a la humanidad – es inevitable pensar en la secuencia inicial de 2001: Odisea en el espacio – a pasar del animalillo asustado que luchaba por su supervivencia en el seno del África y que descubrió que un hueso podía ser un arma al animalote tenebroso capaz de ir a Marte o aniquilarse usando sus propias creaciones.

La ciencia ficción es entretenimiento, pero sobre todo es el resumen de las pasiones humanas. Aquellas historias no hacen más que reflejar la imperiosa necesidad que tenemos de transformar el mundo, el universo.

El homo sapiens no es sabio porque hace lo mejor siempre, sino porque a pesar de que el noventa por ciento del tiempo tropieza con la misma piedra, no duda en levantarse e inventar un nuevo truco.

La ciencia ficción es la crónica de esta maravilla.

Viaje a la ciudad de los apestados

5 Dic
Un piadoso sacerdote alimentando a los famélicos en la Edad Media (¿?). (Imagen tomada de La guía 2000.)

Un piadoso sacerdote alimentando a los famélicos en la Edad Media (¿?). (Imagen tomada de La guía 2000).

Los viajes a Quito por turismo se terminaron en el 2121 y la ciudad se cerró definitivamente a cualquier clase de extranjeros en el 2134 con el estallido de la peste.

Fui parte del primer y único grupo de periodistas que consiguieron la autorización de Su Excelencia El Caudillo Omnipotente de la Izquierda Revolucionaria de Derecha para atravesar los muros de la otrora capital del extinto Ecuador.

Con el último brote de la peste de risa, el Jerarca y su corte decidieron trasladarse a la isla Fernandina en Galápagos, dejando la orden de cercar a la ciudad y a sus habitantes con un muro de concreto de cuarenta metros de alto. El único acceso es a través de una puerta que se encuentra al norte de la urbe y que no puede ser atravesada sin la autorización de la monarquía anticonstitucional.

Es un privilegio y, a la vez, un peligro terrible entrar en Quito. La peste de risa, según cuentan los cronistas, convirtió en payasos a más de trece millones de seres humanos en el año 2015 – durante el primer brote del que se tiene registro –. El origen de la plaga es todavía un misterio, pero los epidemiólogos creen que el “paciente cero” fue un funcionario de gobierno que se dedicaba a armar planes quinquenales de desarrollo.

El reloj no había marcado las siete de la mañana y nuestro coche ya estaba parqueado fuera de la oficina de control en la entrada de la ciudad. Nos recibió un guardia corpulento y de rostro adusto que, sin prólogos ni diplomacia, ordenó que le entregáramos nuestros documentos y la carta de autorización firmada por El Caudillo.

— No pueden entrar – dijo con fastidio.

— Pero hay una orden…

— Sí, pero esta carta puede ser falsa, así que debo confirmar los datos.

Nos informó, además, que bajo ningún concepto podríamos movernos de la oficina, pues, de comprobarse la falsedad del documento, quedaríamos bajo arresto.

El oficial dio la orden de vigilarnos a un par de militares, encerrándose, luego, en su despacho con una secretaria que apareció detrás de no sé qué puerta. Luego escuchamos risas, frases amorosas y crujidos de muebles.

Los guardias permanecieron en silencio, ignorándonos e ignorándose.

— ¿Nunca han entrado? — preguntó Álex, el fotoreportero.

Silencio.

Cantantes de reguetón medievales (imagen tomada de Planeta Sedna).

Cantantes de reguetón medievales (imagen tomada de Planeta Sedna).

— Debe ser muy solitario pasar día y noche en esta casucha, en la ciudad seguro que hay mujeres…

— ¿Y el precio? ¿Morir de risa? ¡No me joda! – dijo uno –. Si nos contagian, no podríamos salir de nuevo.

Sentí un escalofrío, nunca había barajado esa posibilidad. El anhelo de conocer la ciudad de mis ancestros hizo que olvidara el peligro.

No se volvió a pronunciar una palabra durante una hora. De repente, el oficial, con el rostro lívido, salió del despacho.

— ¡La peste! – dijo, mientras cerraba la puerta con seguro –. ¡Estamos jodidos!

Los soldados nos miraron con odio. Para ellos, todo era por nuestra culpa.

— ¡Fusílelos, mi teniente! – dijo uno, pero no tuvo tiempo de actuar. Una carcajada, luego otra y finalmente un torrente de ellas lo hicieron caer al piso.

Nos miramos con terror. El teniente, que iba a dar alguna orden, cayó fulminado por un ataque de risa, luego el otro soldado y, al final, Álex. Los cuatro hombres se revolcaban en el piso y, minutos después, lloraban por la tristeza de ser felices.

Abandoné el lugar a toda prisa. Con el tiempo, el miedo aplacó los remordimientos.

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