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Apócrifo

6 Dic
Toledo, 12-09-2006.- Imagen de una de las obras que componen la exposición sobre Dalí que se inaugura mañana en Cuenca. ©Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, Cuenca, 2006

El Quijote a través de los ojos de Dalí. ©Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, Cuenca, 2006

La segunda parte de la novela cayó en sus manos cuando aún estaba inconclusa y solo la muerte podía vengarlo.

Buscó al plagiario entre escritores y escribidores, amigos y enemigos, pero hasta su nombre era apócrifo.

— Debe ser un poeta

— Pero el libro tiene errores que un escritor no cometería.

— Es una trampa para desviar la atención.

El autor, entonces, decidió ejecutar su venganza – el nombre del enemigo aparecería tarde o temprano, sin duda –. Se sentó frente a la mesa y se puso a garabatear sin pausa, despreciando la llegada del alba o de la noche.

Meses después, la venganza estaba lista:

… suplico a los dichos señores, mis albaceas, que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos.

Era el año 1615. El autor que se escondía bajo el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda, el plagiario, jamás apareció y Cervantes había comprendido que la única forma de vencerlo – a él y a cualquier otro impostor – era matando al Quijote.

La chilena

13 Oct
La chilena...

La chilena…

Amaba tanto a la chilena que llegué a odiarla.

Todos la querían. Una noche la encontré conversando con el cargador del mercado en la puerta de mi casa; a la mañana siguiente, con el vecino; y en la tarde, con su confesor. Los mocosos del barrio me llamaban “chivito”.

Empecé a viajar frecuentemente, no por mi profesión – soy médico  –, sino para evitar cruzarme con ella, olerla, sentir su aroma a sexo, a traición. Quise irme o cometer suicidio, pero el deseo de volver a tocar a la chilena hacía que me arrastrara para lamer sus pies. Después: la vergüenza.

Finalmente, una noche, llegué a casa algunas horas antes de lo previsto. Estaba oscuro. Sigiloso y convencido de que el silencio se interrumpía con gemidos de placer, subí a mi habitación; al abrir la puerta, vi a la chilena que, sudorosa y jadeante, se había entregado a su cura confesor.

En la cómoda había una tijera…

Luego, mis recuerdos son borrosos, solo tengo claro que mucha sangre se escurría por mis manos, mientras un viejo – vagamente conocido – gritaba: “¡hijita, hijita, aquí no hay ningún doctor! Te suplico: ¡deja las tijeras!”

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