Ejercicios de estilo con Huilo Ruales

Huilo Ruales Hualca
Huilo Ruales Hualca

Hace algún tiempo me dijeron que los talleres literarios no sirven para nada. Yo, que he asistido a un par – el primero, en la Casa de la Cultura Ecuatoriana y el segundo, en el Centro Cultural Benjamín Carrión –, respondí que tienen una utilidad: eliminar el ego de aquellos que por escribir un poemita, un cuentito o leer la profundísima obra de Bukowski creen que están en camino de convertirse en el siguiente premio Nobel.

Recientemente asistí a un corto taller en el Centro Cultural Benjamín Carrión. Lo dirigía Huilo Ruales, quien había llegado de Francia en su acostumbrado peregrinaje a la otrora brumosa ciudad de Quito – hoy, el calcinado patio trasero del infierno.

Durante la introducción, el autor de “Maldeojo nos dijo – medio en serio, medio en broma – que los talleres no servían para otra cosa que no fuese compartir el vicio de la literatura. Lo que es bastante, creo yo.

Las “clases” constaban de tres segmentos: uno de lectura, otro de creación y un tercero de cine, buscando con esto dar una visión general de la literatura, al tiempo que se alimentaba con experiencias artísticas al cuenta cuentas que acaso anidaba en el alma de algunos de los asistentes.

Miguel Donoso Pareja
Miguel Donoso Pareja

Huilo, quien también fue miembro del taller dirigido por Miguel Donoso Pareja en la Casa de la Cultura en los años ochenta, nos guió en un paseo a través de los relatos de Hawthorne, Melville, Bolaño y Ribeyro, al tiempo que, con paciencia, ayudaba a pulir textos que pese a ser obras cumbre para sus creadores, se chocaban contra las paredes de la biblioteca del Centro Cultural, cayendo abatidas por su simplicidad ante los ojos complacidos de ese Benjamín Carrión del retrato colgado junto a la ventana.

Lo cierto es que Huilo tiene el poder de contagiar la pasión por los libros. En sus explicaciones hacía notar detalles que a la mayoría se nos habían pasado por alto, víctimas de aquella avidez que empuja a devorar palabras sin saborearlas… “No se trata de leer por leer, sino de ir más allá, buscando los intersticios, las cosas que no se dicen pero que están allí, ocultas para el lector desatento”.

Sobre Bolaño, quien estaba obsesionado con la idea del Mal, dijo que uno de sus mayores logros fue separarse de la folclórica literatura latinoamericana que puso en boga el “Boom”, para absorber el bagaje literario mundial pasado y presente, creando una mixtura poco vista en estas tierras.

En suma, el salto adelante de Bolaño fue producto de abandonar las preocupaciones locales, ingresando en el ámbito universal, al tiempo que creaba personajes cuyos problemas no tenían que ver con una nacionalidad específica, sino con todo el género humano.

Huilo comentaba que escribir no es el paraíso que el neófito imagina, sino más bien una tortura exquisita, en la que el escribidor – o el aspirante – se flagela sin piedad para alcanzar la perfección. No obstante, casi nunca consigue pero, como el Grial, es una quimera de la que dependen su estabilidad psicológica e incluso su vida.

Raymond Queneau
Raymond Queneau

Poco después de que el taller llegase a su fin, Huilo se subió a un autobús armado únicamente con su computador, dentro de él reposaban los borradores de las dos novelas con las que iba a concluir el ciclo de “Los Kitos Infiernos”. En un epílogo propio de alguno de sus relatos, perdió la máquina y con ella, su trabajo de meses. Las campañas en la prensa y las redes sociales no lograron salvarlos.

En una de las “clases”, Huilo nos habló de Queneau y sus 99 ejercicios de estilo, estos consistían en utilizar una historia matriz para desenrollar aproximadamente una centena de variaciones con diferente tono.

Me pregunto: ¿qué hubiera sacado este escritor de aquella anécdota?

Ejercicios de estilo

Relato

Había decido visitar a unos amigos en el Valle de Los Chillos. Con su computador portátil bajo el brazo subió al bus y sentándose en uno de los asientos de la última fila, se puso a mirar la ventana. El paisaje le recordaba que era un extranjero en su propio país, que había perdido la costumbre de ser ecuatoriano y que le gustaba la campiña francesa más que el árido Quito. En medio de su ensoñación, escuchó que el chófer gritaba el nombre de su parada. Avanzando a tumbos hacia la puerta, bajó.

Pasaron unos segundos antes de que su cerebro le alertase de que sus manos estaban vacías. Corrió lanzando alaridos desesperados, pero el bus había arrancado con su computador dentro.

 

El computador

Estoy solo. Conozco Francia, pero no Quito. Tal vez si tuviera una conexión a red… Pero aquí, apagado, en la oscuridad infinita de mi cerebro cuadrado, todo es imposible. Acaso si se tratase de hacer una tabla dinámica o una presentación en Power Point, pero encerrado en una maleta de cuero… No puedo consultar ni mi reloj interno porque creo que me queda muy poca batería. ¡Un momento! ¡Alguien me enchufó al tomacorriente! ¿Será el usuario “uilorualeshualca”? Se conecta a la red… ¿Vamos a ver porno amateur hoy? ¡Hmm, no, no eres “uilorualeshualca”!

 

La amante ambiciosa

“¡Chiquito, mira ese estuche! Se le quedó a ese “man” de lentes… Creo que es una compu, ¿y si la cogemos?, nadie se ha de dar cuenta…”

“¡No, no, deja nomás! Capaz que es una de esas huevadas que hacen los chapas para meterte preso.”

“¡Uy, gordito, has sido medio marica! ¡Ji, ji, ji!”

 

El ladrón anónimo

El otro día me encontré una computadora en el bus, loco. ¡Es buenaza! Lo malo es que estaba llena de archivos de texto, pero no importa: le pedí a mi primo que limpie la memoria, el “man” sabe de eso porque siguió un curso de informática… Ahora que está nuevita y virgen, estoy descargando unas pornos buenotas… ¡Nada de literatura, solo gringas en bolas!

Algo más sobre los “ejercicios de estilo” en el Taller de Escritura de Enrique Páez

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3 comentarios

  1. Información Bitacoras.com

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