Paris ya no era una fiesta

metro de París

Era las nueve de la noche. Iba a bajarme en la plaza Vendôme justo cuando irrumpiste en el metro. Pude ver la decepción en tus ojos al notar que era el único ocupante, sin embargo, estabas decidido a cumplir con tus planes pese al contratiempo.

Me insultaste, ordenando que no me moviera.

Obedecí y, en ese momento, supe, por tu expresión, que de alguna forma habías descubierto mi identidad. Tu entusiasmo se renovaba.

El metro no se detenía, el chirrido de las ruedas y los rieles me parecieron un réquiem. Cerré los ojos mientras soltabas una nueva serie de insultos, salpicados de referencias al paraíso y a las huríes.

Reí. Furioso, mostraste el chaleco de explosivos, informándome que nadie iba a salvarme porque tus compañeros se habían encargado de impedir que las fuerzas de seguridad intervengan.

Solo atiné a decir que no te juzgaba y que haría lo mismo.

Nos miramos por unos instantes sin agregar palabra, luego activaste el explosivo. Fueron apenas unos segundos los que se demoró en explotar, pero los suficientes para explicarte que sabía que, tarde o temprano, los humanos iban a matarme a mí, a Dios.

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