Ana Arroz

El erotismo murió por falta de bronceado.
El erotismo murió por falta de bronceado.

Ana Arroz era rica, feliz y estaba satisfecha de sí misma; sus libros eran un éxito en ventas y los adolescentes deliraban de emoción con sus vampiros, quienes, después de recibir el primer beso, decidían cambiar su dieta de sangre humana por la de cerdo, al tiempo que firmaban la paz con los licántropos de algún país báltico.

La escritora era dulce y sus creaturas igual, de hecho eran puro almíbar y cualquiera que leyese sus aventuras corría el riesgo de sufrir un coma diabético.

Cierta noche, luego de salir de la presentación de su último libro, Ana Arroz tomó un taxi para ir a la fiesta que la editora de su obra en swahili había organizado en su honor. El conductor, un joven rubio con marcadas ojeras y piel casi transparente, le dijo apenas ella se hubo sentado:

— ¡Usted solo irá a su juicio!

Sin darle tiempo a reaccionar, el chófer la condujo a través de sinuosas y desconocidas calles hasta un antro en los suburbios en cuyo interior el olor a estiércol y carne podrida por poco la hace vomitar.

Los taxistas casi siempre son vampiros, así que ¡tenga cuidado!
Los taxistas casi siempre son vampiros, así que ¡tenga cuidado!

— El jurado la está esperando, ¡dese prisa! – el sujeto transparente la empujó al interior de un anfiteatro gélido donde cientos de seres similares a él clamaban por justicia.

— ¡Silencio! ¡Silencio! ¡SI-LEN-CIO! ¡La corte está a punto de entrar en sesión! Señores de ultratumba, pónganse en pie para recibir a la honorable jueza Bratislava.

Una señora de mediana edad – también transparente – entró en la sala mirando con severidad a todos los presentes.

— Estamos aquí para juzgar a la señora Ana Arroz por sus delitos en contra de la raza de los vampiros; sus crímenes van desde la calumnia y la difamación hasta la injuria calumniosa, pues la imputada varias veces ha escrito que nosotros, las criaturas de la noche, nos alimentamos de sangre humana, cuando la verdad es que solo comemos arroz.

— ¡Que la crucifiquen! – gritó alguien.

— ¡Que corten su lengua y sus manos! – dijo otro.

— ¡Silencio o mando a desalojar la sala! – todos callaron y la jueza prosiguió –: el fiscal Dimitrov tiene la palabra.

Terrible hombre lobo tratando de comerse a la abuela de Caperucita.
Terrible hombre lobo tratando de comerse a la abuela de Caperucita.

— El día 23 de julio de 2012 se publicó Pasión roja, libro en el que la señora Arroz especifica que los vampiros somos criaturas perversas que conspiramos para asesinar a los hombres lobo, vendiéndoles bolsas de comida para perros envenenadas y que la causa de tal crimen fue el amor que sentía una de aquellas criaturas por la heroína de su novela, la vampira adolescente y promiscua con nombre de caramelo; esta calumnia atroz ha provocado que el clan de las chicas – terrier deje de comprarnos las croquetas que fabricamos.

— Pero yo… – quiso intervenir la escritora.

— ¡Nadie le ha dado permiso para hablar, acusada!

— Exactamente en la página 63 de su libro El arte de amar con colmillos – siguió el fiscal –, la señora Arroz afirma que: “los vampiros no tienen un corazón funcional”, pero que “quizá esa es la razón de que se enamoren con tanta vehemencia, porque necesitan llenar el vacío de vida que hay en él”; todo esto es una imbecilidad mal intencionada: nosotros SÍ poseemos el órgano en cuestión, funciona perfectamente y, además, nunca nos enamoramos, ya que eso es propio de los que NO tienen corazón.

— Dicho todo esto, ¿cómo se declara la acusada? – dijo la jueza.

— Es que yo no pensé que…

— ¿Admite que sus libros han empujado a que toda una generación de adolescentes crea que los vampiros somos bichos ridículos que se alimentan de sangre humana, siendo que la única criatura que bebe ese fluido es el mismo ser humano?

— Yo…

El fin del arroz.
El fin del arroz.

— ¿Admite, en último término, que sus cuentos denigran a la raza de los vampiros e idiotizan a los hombres?

— Es que…

— ¡CULPABLE! – clamaron varias voces al unísono y enseguida toda la sala coreaba la frase con indignación, al tiempo que cientos de bolsas con pintas de sangre llovían sobre la cabeza de Ana Arroz.

— Esta corte condena a la acusada a morir por su propia mano al amanecer.

En medio de gritos e improperios, la señora Arroz fue conducida hasta su casa y, al llegar, se le entregó una cuerda de cabuya.

A la hora indicada, la mujer no dudó en cumplir con su sentencia.

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